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PURCHASED FOR THE

UNIVERSITY OF TORONTO LIBRARY

FROM THE

CANADÁ COUNCIL SPECIAL GRANT

FOR

LÁTIN-/iMERICÁN STUDIES

MARAVILLAS

'\k PEÑA''

Avda. CENTENARIO 684 T.E ^.- SAN ISIDRO^

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MARAVILLAS

Novela funambulesca.

POR

ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO

librería de la vda de gh bouret

PARÍS i MÉXICO

23, rué Visconti, 23 I 14, Cinco de Mayo, U

1906

<¡uedan aserjuraclos los derechos de propiedad conforme á la ley

[( MAY 3 a 1967

A Armando Palacio Valdés

Homenaje de afectuosa admiración

E. a. c.

jVíaraOillas

PRIMERA PARTE

¿Estás cansada, hijita?...

Sintiendo un ligero escalofrío como si las palabras de su madre, convertidas en caricias, la hubieran ro- zado dulcemente la epidermis, Luisa entreabrió los ojos. El círculo estrecho de visiones amorosas, que había aprisionado sus últimos ensueños, rompíase de pronto para ofrecerla de nuevo el espectáculo de su vida real.

¿ Cansada ? Sin saber lo que respondía, dijo que no, por decir algo.

o MARAVILLAS

Incorporóse luego en el lecho, entre las sábanas ti- bias, con el seno desnudo, y principió á vestirse, sin prisa, respirando voluptuosamente el aire saturado por el perfume de su propia carne.

La buena señora, siempre solícita, preguntóla de nuevo si había dormido bien y si estaba cansada.

No, mamaíta ; no estoy cansada.

En realidad lo estaba. Estábalo moralmente por haber luchado consigo misma durante largos días, defendiendo unas veces sus ideas morales, y otras veces sus instintos de hembra joven. Su alma cariñosa hubiera querido no perder nunca el calor del hogar, ni los besos maternales ; pero al mismo tiempo algo que era también su alma y que era más que su alma, algo que palpitaba en sus entrañas, ordenábale que buscase, entre los brazos del hombre escogido, una ventura menos tranquila y más intensa que la de la vida familiar.

Sentada en el borde del lecho, Luisa veía de nuevo los rostros contraídos de su madre y de su amante que habían luchado en el fondo de su ser, día y noche, sin cansarse nunca, dispuestos ambos á todas las crueldades, á todas las violencias, á todos los egoís- mos, por conquistar el imperio exclusivo de su alma indecisa.

En más de una ocasión ella hubiera querido conci- liarios, poniendo de acuerdo su amor y su cariño, re- partiéndose entre los dos, dando el cuerpo á uno y á otro el alma^ reservando las mejillas para las ternuras maternales, y guardando los labios para los besos

MARAVILLAS V

amorosos, siendo, en fin, como tantas otras, hija y amante á la vez. Mas, ¿ era acaso posible tal conci- liación ?

Haciéndose de nuevo esa pregunta, Luisa sonreía con tristeza. « No ; no era posible. Toda su historiase oponía á ello. »

Su madre había sido una actriz de talento, muy bella y muy ligera. Cuanto á su padre... ¿Quién había sido su padre?... Entre bastidores, veinte años atrás, más de doce personas habíanse disputado el honor de serlo. Klon, el actor cómico, calculando las fechas, aseguraba que la chica era de él ; pero al mismo tiempo otros varios comediantes, un director de es- cena y hasta dos oficiales de coraceros, reclamaban la paternidad, asegurando que nueve meses antes del parto, en enero justamente, la bella Julia les^ había pertenecido en cuerpo y alma, en cuerpo sobre todo.

Luisa, por su parte, no pensaba nunca en eso. Acos- tumbrada desde el principio á no tener padre nin- guno, habíase refngiado en el amor exclusivo de su madre.

Lo único que le parecía extraordinario, era que esa madre sin escrúpulos personales, y sin moralidad pro- pia, que jamás había tenido esposo, ni aun amantes durables, y que no la concibiera sino por descuido, entre dos ensayos ó en un entreacto, detrás de una de- coración ó en el diván de un amigo, fuese ahora la más celosa de las mujeres, en lo que al honor de su hija se refería.

Siendo ya casi una señorita, Luisa había oído, desde

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SU alcoba, por la puerta mal cerrada del comedor, un diálogo significativo. Su madre hablaba con uno desús antiguos compañeros de teatros, y decía:

Nosotros estamos ya viejos. Las chicas de veinte años y los caballeritos jóvenes, no se acuerdan ya ni de nuestros nombres.

Del mío, replicaba el actor, es natural que no se acuerden ; pero el tuyo volverá á sonar en París con más éxito que nunca.

¿El mío?

Sí, el tuyo ; el de tu hija, que es lo mismo...

Eso jamás... ¿Mi hija?... Si es un ángel... Y bien educada... y linda como un astro !... ¡ Ah, no !... Mi hija se casará ó se quedará para vestir santos ; pero comenzar la misma vida que yo, eso que te equivo- cas... Te aseguro que, entre verla rodando por las camas ó verla muerta, preferiría mil veces lo último. ¡ Pobre angelito ! . . . ¡ Ella que es tan buena !

No obstante su bondad, el angelito, que quería ser artista, entró en el Conservatorio (sección de baile clásico), y á los diecinueve años era una de las discí- pulas más brillantes de Rosa Mauri.

Pensando en lo mucho que su madre iba á sufrir al esperarla en vano por la noche, Luisa acabó de ves- tirse. La idea de que alguien pudiese ser desgraciado á causa de ella, entristecíala profundamente. ¡ Pobre mamá! decíase. ¡Si fuese posible no abandonarla!... Sólo que ¿cómo hacer?...

Su compañera Noemí habíala aconsejado que renun- ciase alas medidas extremas y que concillara sus ins-

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tintos amorosos y sus deberes familiares, yendo á ver á su amante durante el día y volviendo á su casa por la noche. Pero ese medio repugnaba á su carácter inde- pendiente y á su alma franca. ¿ Engañar á su madre ? No. Más valía abandonarla con lealtad, y luego, si era posible, seguir visitándola, seguir queriéndola mucho, seguir siendo su hija cariñosa y solícita. Al fin y al cabo, vivir honradamente con un hombre, con el mismo siempre, como si fuese un marido, no era un crimen muy grande.

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II

Al salir del Conservatorio en compañía de Noemí, Luisa experimentaba una sensación extraña de dicha y de congoja. Eran las seis de la tarde. Una hora des- pués, Eugenio iría á esperarla á la plaza déla Bastilla, para nunca más separarse de ella.

Lo mismo que siempre, las dos chicas seguían los bulevares, caminando lentamente, deteniéndose ante las columnas de anuncios teatrales, viendo las nove- dades expuestas en los escaparates, respirando el per- fume que se exhala de las tiendas de flores, contentas de todo, en fin, y de todo curiosas.

Los rayos horizontales del sol habían tomado ya ese tinte de lividez enfermiza que da á ciertas tardes de París un aspecto de infinita melancolía, sólo interrum- pida, de trecho en trecho, por las violentas claridades de las vidrieras luminosas.

De pronto, Noemí preguntó á su amiga:

¿Estás bien decidida?

Sin contestar, Luisa se detuvo ante el escaparate de un joyero, para ver, por milésima vez, las piedras pre-

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ciosas que lucían en sus estuches de raso bajo la lluvia de luz blanca de las lámparas eléctricas. Los diamantes de que ambas hubieran querido adornar sus pechos juveniles, parpadeaban allí con sus facetas multicolores, haciendo brillar, ante las pupilas fascinadas, la gama inquieta de los rojos ígneos, de los verdes de esmalte, de los azules minerales, de todos los matices del arco iris, en suma, que palpitaban entre las aguas claras del cristal como chispas flotantes. Luego veíanse, en engastes caprichosos, coronando cruces, constelando broches, rematando argollas, figurando pájaros inve- rosímiles ó monstruos heráldicos, centenares de es- meraldas, obscuras las unas como hojas veraniegas y otras claras, translúcidas, de un verde diáfano de ala de insecto y de alga marina; veíanse grandes regueros de rubíes que ensangrentaban el oro de las monturas, api- ñados á veces en joyas riquísimas como granadas en- treabiertas, ó solitarios cual gotas de sangre en el centro de los anillos, obligando siempre á parecer, con el brillo y la frescura de su carmín, más intensa, más violácea, más dura aún, la dura púrpura de los granates vecinos. Y se veían también, entre las esmeraldas de color de esperanza y los carnales rubíes, algunos zafi- ros de un azul de pizarra y de ala de cuervo, graves y misteriosos con sus fuegos ocultos de pupilas negras, al lado de pálidas turquesas cuya pasta virginal hacía pensar en ojos soñadores de princesas de navidad, muy rubias y muy lejanas ; en princesas de balada germánica, en pobres princesas siempre doncellas, de cuerpos vaporosos y de pálidos labios, intangibles y

14: MARAVILLAS

alucinantes como sus cielos natales... En seguida, un ópalo inmenso, preñado de vetas de oro, de espirales carmesíes y de cabrilleos de esmeralda, destacábase entre los brazos de dos quimeras de plata que se retor- cían, entrelazando sus piernas finísimas y sus alas di- minutas para formar una sortija de estilo antiguo. Más allá, las amatistas episcopales sonreían con su dulzura de piedras benéficas hechas para ayudar á las bendi- ciones y para consolar las sobriedades. En seguida, los topacios llenaban, como manchas de aceite, las cajas color de rosa de los aretes populares, alineados simé- tricamente bajo los collares de coral color de carne descolorida, de carne de encías cloróticas y de párpa- dos irritados que alargaban indefinidamente sus hilos lacios de un extremo á otro de la vidriera. En el centro, dominando todas las demás joyas desde su estuche imperial, alto cual un trono y mullido cual un lecho, erguíase una guirnalda de perlas orientales, discretas y majestuosas, pálidas y lucientes, suaves con tibia suavidad de pecho femenino y delicadas como ca- ricias.

¡ Las perlas ! Luisa tenía por esas pálidas gemas una admiración apasionada. Detenida ante ellas, contem- plándolas á través del cristal de la vidriera, permanecía á veces largos ratos olvidándose del sitio en que estaba y de la hora que era. Toda la poesía del Oriente lejano y pintoresco, entrevisto por su imaginación en los poemas de Víctor Hugo y en los cuadros de Descamps, revivía ante ella en pleno París, en el centro déla vida moderna, y la hacía soñar jardines encantados, mis-

MARAVILLAS 15

teriosos minaretes, palacios fantásticos y guzlas amo- rosas oídas á la luz de la luna en las riberas de un mar fosforescente... Esa tarde, un moro que tenía la cara de su Eugenio, apareció ante ella, montado en brioso alazán, invitándola á seguirle muy lejos, muy lejos, en busca de un país donde las rosas del amor florecieran perennemente, acariciadas por un sol de fuego...

¿Nos vamos? preguntóla Noemí al cabo de diez minutos.

Vamonos, repuso Luisa volviendo á la realidad. Y las dos parisienses continuaron su marcha silen- ciosa por la calle llena de ruido y de movimiento.

Al verlas pasar, con la falda arremangada hasta el nacimiento de la pantorrilla, dejando al aire libre los finos tobillos y las carnosidades interiores de la pierna, los hombres se volvían hacia ellas con las miradas lla- meantes de deseos.

Son divinas, decían.

Y, en efecto, lo eran. Eran divinas de juventud, de gracia y de elegancia.

Noemí, sobre todo, con su cuerpo flexible, sus mo- vimientos ondulantes, su cabellera rubia, su pecho re- dondo, sus grandes ojos verdes y sus labios sensuales, atraía desde luego las miradas entusiastas y provocaba los malos deseos.

Á su lado, Luisa palidecía á primera vista. Sus for- mas más delicadas y sus movimientos más rítmicos en realidad, eran, sin embargo, menos excitantes. Su rostro ovalado y blanquísimo, de una blancura de porcelana de Sevres, acentuada por la línea sangrienta

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de los labios y por las manchas negras de los ojos, rt- quería el recogimiento para ser admirado en lodo su valor de belleza especial y moderna. Nada en ella hacía pensar en los modelos clásicos de la belleza anligii.i. Siendo morena de ojos, era rubia de pelo. Su cuerp- en apariencia frágil, estaba hecho de líneas curvas <lc amplias redondeces que sorprendían al ser palpa- das. Sus senos redondos oscilaban ligeramente cuam I ella iba de prisa.

Ya en la esquina en (|ue debían separarse, Noemí preguntó de nuevo a sn com pariera si estaba decidida á no volverá casa de su madre.

Luisa pareció rellexionar un instante, buscando, ou realidad, una excusa á su respuesta aílrmativa. Luei-^ con una sonrisa melancólica, como pidiendo perdón apoyo, repuso lentamente:

Sí... estoy decidida...

Algunos minutos después, viendo la silueta de su amiga que se desvanecía en la penumbra de la tard« . Luisa sintióse sola, más sola que nunca, como si to<i<» loque constituía su vida anterior acabase de niorii para ella. Y tuvo mie«lo. La inmensa vía céntrií siempre llena de ruido y de movimiento, desaparee i ante sus ojos, y la imagen del vacío, del abandoi completo, de la triste orfandad, apoderóse de suretii calenturienta... Á su lado, los vendedores de periódica anunciaban á gritos el último escándalo, las parej. galantes pasaban murmurándose juramentos de frivo- lidad eterna ; los hombres de negocios abríanse paz- cón rapidez entre los grupos compactos de desocupa

MAMA VILLAS 17

los, los cocheros rugían como fieras desde sus allos isienlos, toda la vida de París, en íin, murmural)a ^eruginosamente á sus oídos. Ella no percibía nada, i\n embargo. De pie en el mismo sitio, seguía dudando, sin saber hacia donde dirigirse, decidida á llevar á :abo una acción irreparable, y llena aún de vagas in- 3ertidumbres y de temores fantásticos...

Á lo lejos, en el fondo lívido y brumoso del hori-

íonte, el genio alado que corona la columna de la

Bastilla extendía hacia ella sus brazos de oro, indicán-

Jole el sitio en que el Amor la esperaba para iniciarla

en los profundos arcanos del goce infinito y del infinito

[)lacer. Mas, al mismo tiempo, las líneas |)aralelas de

mecheros que iluminaban la callejuela por donde

Noemí se había perdido, parecían indicarle la ruta del

hogar, de la existencia trancjuila, y de la dulce vida

in penas y sin inquietudes... Su alma sensible, -ii

•obre alma filial y apasionada, su alma triste de hija

de amorosa, experimentó de nuevo la sensación de

a lucha que durante tanto tiempo desolara sus días

\n tranquilidad y sus noches sin sueño. El malestar

)SÍcológico que en ese momento la atormentaba, no

•a ya sólo la duda en cuyo laberinto incierto se pierde

voluntad, sino también un remordimiento precoz

le la hacía saborear de antemano las penas de su vida

tura.

Sin saber lo que hacía, tomó el camino de su casa anduvo, con su paso rítmico de todas las tardes, irante algunos minutos ; anduvo maquinalmente, norando á dónde iba, casi sin pensar en nada,

2

18 MARAVILLAS

siguiendo, por la fuerza de la costumbre, el camino de todos los días ; anduvo cual un autómata ; y de pronto, como despertando de un sueño, detúvose, volvió hacia el bulevar y dirigióse, con andar rápido, hacia la plaza de la Bastilla.

Poco á poco, y á medida que se acercaba al sitio de la cita definitiva, la imagen de su madre iba esfumán- dose en un paisaje ideal de suaves lejanías, mientras la figura de Eugenio crecía en el fondo de su alma, pre- cisábase en su imaginación y sonreía en su mente, invadiendo todo su ser sensible, hasta llegar á pose- sionarse solitariamente de ella.

¡ Eugenio ! . . Luisa le veía de nuevo tímido y ardiente, siguiéndola como la sombra al cuerpo durante semanas enteras; le veía ofreciéndola un ramillete de flores, en una esquina, un día de verano ; le veía acompañán- dola por las tardes, con los ojos húmedos de emoción y los labios hambrientos de besos ; veíale, en fin, lo mismo que todas las mujeres ven al hombre amado, y le acariciaba con la visión y le embellecía con el pensamiento.

Alto, delgado, moreno, de aspecto casi infantil y de mirada melancólica, Eugenio parecía, superficialmente considerado, un estudiante como cualquiera otro : pero visto con despacio, en la intimidad de las charlas con- fidenciales, su rostro tomaba una expresión singular de tristeza enfermiza é insinuante. Sus labios delgados contraíanse con frecuencia para descubrir la blancura simétrica de los dientes; sus ojos, siempre entornados, siempre ojerosos, parecían conservar el recuerdo de

MARAVILLAS 19

muchos cuadros desgarradores y, más que para ver, hubiérase dicho que estabaa hechos para llorar. Cual- quiera, fijándose en él, le habría tomado por alumno de filosofía ó de matemáticas, á causa de la prematura gravedad de la mirada.

Luisa misma preguntóle un día si era estudiante, y él la respondió con orgullo :

¿Estudiante? No. ¡Soy empleado de comercio! Luego las confesiones continuaron. Era empleado

de comercio, sí; pero no dependiente, sino hombre de oficina y de papeles, secretario del jefe de la sección inglesa en la casa de Levy hermanos, los grandes ven- dedores de paño... Su madre hubiera querido que fuese médico, y de seguro lo habría sido á no sobrevenir la muerte de su pobre padre, capitán de artillería, que tuvo la desgracia de sucumbir en Indo-China, en la primera guerra, cuando apenas le faltaban dos ó tres años para obtener el grado de comandante. Y además, él no tenía grandes aficiones á la medicina ni á nin- guna otra carrera científica, á causa de lo difícil que es, en nuestros tiempos, formarse una clientela y vivir de su trabajo. El comercio por lo menos producía desde luego, y muy á menudo acababa por enriquecer... No se quejaba de su suerte. A su edad, cincuenta duros de sueldo no eran un grano de anís. Luisa le había preguntado :

¿Qué edad tienes?

Diecinueve... En diciembre voy á cumplir los veinte.

¡ Qué casualidad! Yo también tengo diecinueve.

20 MARAVILLAS

Esa coincidencia de fechas natales constituía un nuevo lazo de amor para la chica enamorada, que creía que al hacerles venir al mundo casi al mismo tiempo, la Providencia había deseado unirles desde la cuna. Y su imaginación supersticiosa no se paraba allí, una vez en el atajo de los puntos de contacto, sino que seguía volando, con primitiva ingenuidad, hasta hacerla ver que si él era hijo de un capitán, ella podía muy bien ser asimismo hija de un militar, y que tanto él como ella habían sido educados exclusivamente por sus madres... y que los dos habían nacido en el mismo barrio, en la misma ciudad, el mismo año...

Pensando en tan nimias concordancias con la se- riedad que los amantes atribuyen á los más frivolos detalles de la vida pasional, Luisa decíase, al llegar á la Plaza de la Bastilla, que verdaderamente Dios les había creado para vivir juntos toda la vida ; para vivir queriéndose mucho, mucho, con todo el corazón...

I Creí que no ibas avenir!

Eugenio estaba ya á su lado, tembloroso de emoción, no sabiendo si darle la mano como siempre, ó pedirle los labios como en ciertas ocasiones excepcionales en que la obscuridad de la hora y la calma del sitio pres- tábanse á los rápidos besos. Ella le tomó la mano sin responder.

ITT

Lo primero que atrajo la mirada de Luisa al penetrar en casa de su amante, fué la cama de hierro que, sin cortinajes, sin cojines, sin lazos de colores, sin nada de lo que constituye la belleza sensual del lecho y le convierte en nido de tentaciones, llenaba el fondo de la estancia, brutal y fríamente, bajo las mantas grises y las blancas almohadas. Ante ese mueble que repre- senta lo irreparable en el idilio, las mejillas de la mujer virgen se animaron con celajes ruborosos, y sus mira- das revolotearon alrededor de la estancia, como pá- jaros amedrentados, buscando donde posarse sin pe- ligro.

Nada en la vasta y única pieza de Eugenio, denotaba el buen gusto. Frente á la ventana, un armario de no gal, muy antiguo y muy obscuro, vestigio de un modesto bienestar provinciano, abría sus amplias fauces ense- ñando el vientre casi vacío ; al lado del armario, veíase un tocador de no pintado pino con su jarro y su jofaina de barro ; luego se distinguían, llenando los sitios

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desocupados, dos butacas sin forma y unas cuantas sillas. En los muros tapizados de papel ordinarísimo, en el cual las flores azules destacábanse sobre un fondo ocre, aparecían, prendidos con alfileres, hasta diez abanicos japoneses y cinco ó seis retratos de mujeres desnudas en ligeros cuadros de bambú. Ningún bibe- lot, ningún florero, ninguna figulina de similibronce, ni el más insignificante busto de yeso, adornaba la chimenea de mármol negro.

Mientras los ojos de Luisa seguían huyendo de la cama, su imaginación iba más lejos aún, iba hasta la propia alcoba abandonada, en la cual los dulces en- sueños amorosos y las visiones alegres podían florecer sin frío y sin fastidio, entre las colgaduras celestes del lecho, las estampas multicolores de las paredes y las plantas tropicales de las rinconeras. De pronto un marco de terciopelo, en cuya parte superior agonizaba un- ramillete de claveles blancos, proporcionó á la errante mirada el punto de reposo con tanta ansia bus- cado. Eugenio murmuró :

¡ Es el retrato de mi madre !

Y dichosos ambos de encontrar en el cuarto sin alma algo que fuese íntimo y que fuese tierno, acercáronse para contemplar la fotografía.

Es muy hermosa, dijo Luisa fijándose en el perfil moreno, enérgico y correcto que había tomado ya, por obra del tiempo y de la claridad, un color de marfil y un relieve de medalla.

¡ Un retrato muy antiguo ! repuso Eugenio. Luego el silencio reinó de nuevo en la estancia, con

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esa pesadez tiránica que hace parecer más uniforme la respiración y que convierte los segundos en minutos y los minutos en horas. Una timidez angustiosa habíase apoderado de ellos, ahogando en sus venas el fuego amoroso y encadenando momentáneamente sus ins- tintos. Por fin, sus miradas se encontraron, se cruzaron, se huyeron, volvieron á encontrarse y permanecieron confundidas la una en la otra, sin sonreírse, sin ha- blarse, con algo de extraño en la expresión, como espantadas de hallarse así encerradas en el mismo espacio, hasta que Eugenio se aproximó á Luisa y la estrechó entre los brazos, sin despegar los labios...

Ella tuvo miedo de la lámpara, de la sombra de su cuerpo arrastrándose bajo las sillas, de la luz de la luna que penetraba por la ventana... Tuvo miedo de todo lo que era luciente y de todo lo que era móvil.

Cierra la ventana, dijo.

En seguida, ella misma apagó la luz, dejando el cuarto sumido en las tinieblas que debían reconfortar sus almas medrosas.

Sabiendo de antemano en donde se debían encon- trar, halláronse, sin buscarse, junto al lecho, y se es- trecharon en silencio, murmurando apenas, al final de cada beso, una frase sin coherencia y sin sentido, una frase vaga, flotante, doliente, en la cual sus nombres iban y venían, deformados por diminutivos imprevistos llenos de misericordia incomprensible y de ininteli- gible gracia.

... « Mi Luisa.... mi Lilita.... mi Lili.... mi pobre cielo... mi amor... Eugenio mío... mi amorcito... »

24 MARAVILLAS

Y las letanías de la pasión carnal continuaban brotando de sus labios con lentas intermitencias para entrecor- tar los besos prolongados, las jadeantes caricias y los abrazos sin fin...

Al cabo de un largo rato, se acostaron.

...Acostáronse, no cual Longo lo aconseja en sus paganas pastorales, sino como el pudor moderno lo permite... Acostáronse juntos, sin sencillez y sin ele- gancia, avergonzados de lo que hacían, sufriendo al desnudarse y no atreviéndose á desnudarse por entero, refugiándose en los pudores incompletos para huir de los completos instintos; protegidos por la obscuridad que les robaba recíprocamente el encanto de sus cuer- pos jóvenes, y temerosos, empero, de sentirse descu- biertos.

Acostáronse...

...Y á merced del sagrado deseo que domina, que tiraniza, que guía los brazos, que incendia las venas y que seca los labios; á merced de la fiebre de amor que convierte las manos engarras y las bocas en ventosas, y que sacude las fibras más íntimas, y que suprime el pensamiento, y que aletarga la conciencia; á merced déla voluptuosidad todopoderosa, todomisericordiosa y llena de gracia, que sabe hacer vivir á los sentidos, en la agonía de la voluntad y en la muerte de la inteli- gencia, una vida de llama, de suspiro y de temblor, los amantes se unieron para confundir sus almas y sus cuerpos en un beso supremo...

IV

Sin las perezosas languideces que hacen de la pri- mera noche de amor una crisis de delirio, seguida de una larga convalecencia erótica durante la cual todo trabajo es imposible, Luisa y Eugenio comenzaron desde luego á llevar una existencia, casi conyugal;, de actividad metódica y de monótona regularidad. Sepa- rados desde por la mañana á causa de las exigencias del trabajo cotidiano productor del pan nuestro de cada día, reuníanse á la caída de la tarde en un café del bulevar ; y, después de comer con apetito, iban á acostarse... Iban á acostarse, con apetito también, ya sin falsos pudores, sin timideces ingenuas, sin miedo de la claridad, desnudándose francamente ante la lám- para cuya luz doraba la morena piel del hombre y constelaba la superficie lisa de la epidermis femenina con puntos de ámbar y de rosa. Sus cuerpos jóvenes no tenían necesidad de recurrir á los besos de cada media hora, ni á ningún excitante de los mil que la farmacopea amorosa prescribe para llegar al deseo

±6 MARAVILLAS

completo. Sencillos y fogosos, consideraban el amor como una función natural, mas agradable que las otras, pero no más complicada, ni más difícil, ni más fati- gante.

¿Fatigante ? El que les hubiera dicho que los besos podían fatigar, les habría sorprendido muchísimo, y hasta les habría hecho reir, á ella con su risa franca y alegre de cascabeles sonoros entre los geranios de los labios; á él con su risa grave y melancólica... ¿ Fatigante ? ¡ Oh, no !

¿Verdad que no, mi Eugenio ?

Y sus bocas de fuego y sus brazos flexibles, probá- banse que (( no », en efecto; que el amor no fatiga nunca, nunca, nunca...

Á veces, en su deseo de acostarse pronto, Luisa con- fundía los escondidos broches del talle, los minúsculos botones de la falda, los cordones interminables del corsé, los infinitos alfileres de las mangas, de los cin- tu roñes, de los volantes ; y encarnizándose contra un pliegue mal prendido ó contra un bucle rebelde, seguía tratando de desprenderlo, hasta pincharse contra el alfiler oculto que hacía imposible su labor. Eugenio, entonces, chupábale la invisible herida con ardor de- vorante, hasta sentir la embriaguez que produce la sangre fresca.

Por casualidad, el empleadillo poseía algunos billetes de Banco, economizados con objeto de comprarse una bicicleta de gran lujo, igual á la de su principal, « per- feccionada )), de acero y aluminio, ligera como una pluma y rápida como un automóvil. Haciendo un sa-

MARAVILLAS 27

crificio verdadero, renunció á su velocípedo y puso el dinero á la disposición de su mujercita. Pero ella no tenía necesidad de nada.

De nada... de nada, decía, resistiéndose á tomar los billetes.

No tenía necesidad de nada, en efecto; y, sin em- bargo, las hojas azules firmadas por el director del Banco de Francia, se evaporaron entre sus manos, en el término de quince días.

(( ¿En qué he gastado cuatrocientas pesetas? pre- guntóse mentalmente Luisa, cuando ya no le quedaban sino seis ó siete duros. Y su memoria buscaba en vano el recuerdo de los objetos comprados... Las cortinas azules para el lecho habían costado diez duros... luego diez duros más de perfumes, de pantallas color de rosa para las lámparas, de peines, de cepillos... ¡ Y en se- guida una manta... es verdad... una manta de seda, muy ligera, muy bonita, celeste con puntos plateados... ¡veinte pesetas!... ¿Y luego?... Luego nada más... »

(( ¡ Somos unos locos ! » exclamó después de hacer sus cuentas, sin fijarse en la injusticia del plural.

Su amante sonreía, diciéndola que todo lo suyo era de ella, que el dinero no valía la pena, que ya irían vi- viendo como pudieran, pobres ó ricos, pero siempre dichosos, siempre queriéndose mucho...

Ella replicaba :

Además pienso trabajar. Ya verás. En el Conser- vatorio, uno de nuestros profesores nos ha prometido á Noemí y á una contrata para el concierto de Ma- ravillas. Yo hubiera preferido entrar desde luego en la

28 MARAVILLAS

Opera; pero en la Opera casi no pagan nada á las principiantas, mientras que en los conciertos del bu- levar, lo menos que dan es un luis al día... ¿Te parece que debo aceptar?

Eugenio no respondía ni ni no. (( Ella es libre de trabajar en donde quisiera y aun de no trabajar. » Lo único que le pedía, era que no le engañase nunca.

¡ Tonto ! replicaba ella estrechándole apasiona- damente entre los brazos y jurándole que si volvía á dudar, aunque fuese de un modo muy vago y muy le- jano, de su fidelidad eterna, la enfadaría de verdad..-

Una mañana Luisa ílruKj al iin su contrato con el director de Maravillas.

Eugenio, al saberlo, se mostró, como siempre, dis- creto y reservado, figurándose que no debía tener opi- nión ninguna sobre tal asunto ; pero la idea de que su querida no sería únicamente una chica guapa como las queridas de sus compañeros, sino también una ar- tista de talento, una bailarina aplaudida, conocida y codiciada, halagó en secreto su vanidad y proporcionó á su amor propio uno de los más grandes placeres que hasta entonces había disfrutado.

Cuando Pepe, su vecino de pupitre en casa de Levy hermanos, le preguntó : (( ¿Qué tal? » lo mismo que todos los días, respondióle : « ¡ Muy cansado, chico ! »

Y luego, á media voz, para que el principal no lo oyese, continuó :

MARAVILLAS 29

Sí, cansadísimo. Figúrate que mi chica, la que vive conmigo, Luisa, en fin, ya sabes, va á comenzar á trabajar mañana en Maravillas.

¡ Ah ! exclamó Pepe con admiración respetuosa : ¿ tu mujer es cantante ?

No, es bailarina. En el Conservatorio querían hacerla debutar en la Ópera, y yo tuve que oponerme á causa de los viejos influyentes que se pasan la vida entre bastidores sobando á las actrices... Además la Ópera ya no está de moda... ea tanto que Maravillas... Cuando quieras venir conmigo, no tienes más que de- cirlo...

-s^r^^g^^t^s-

V

Envalentonándose mutuamente con frases de pueril fanfarronería, Luisa y Noemíf ya vestidas caprictiosa- mente para aparecer ante el público, esperaban su turno con temor é impaciencia. Tenían miedo y, al mismo tiempo, sentíanse dichosas. La excitación que se apodera de los actores en las noches de estreno, las hacía verlo todo á través de un cristal de aumento.

En la escena, una mujer muy alta, muy pálida, muy joven, cantaba las canciones obscenas de su repertorio. Era Ofelia una Ofelia de los barrios bajos de París, delicada y brutal, flor de fango y de vicio, cuyos grandes ojos claros contrastaban con sus labios pintados y con sus greñas rizosas de prostituta callejera, llierálica y casi inmóvil en la serenidad de su aclilud, Ofelia se erguía ante el público, segura de antemano de su vic- toria, discretamente orgullosa, mirando con ironía, la boca siempre entreabierta. Su talle lino ¿interminable, parecía más interminable y más lino aún, á la luz del gas. Sus grandes brazos fantasmagóricos, envueltos en

MARAVILLAS 31

la piel negra de los guantes, cruzábanse sobre el pecho con ademán ingenuo. La última canción —- la más personal y la más perversa comenzó... Comenzó con lentitud monótona, más que cantada, hablada, salmodiada mejor dicho, entre el rumor modesto de los violines que parecían desear esconder sus sonori- dades para dejar al instrumento humano la supremacía de su encanto. Comenzó sin acción, sin brillantez, casi sin carácter :

La chica le quería con juvenil pasión.

Y el chico se dejaba que sí, que se dejaba. ..

Poco á poco las entonaciones significativas iban acentuando y subrayando, con impertinencias infan- tiles, las frases crueles, dando vida á las imágenes perversas, haciendo adivinar las malicias misteriosas, estúpidas, obscenas:

Que se dejaba siempre cuando muy pobre estaba Querer por la chiquilla con todo el corazón...

Al fin venía el refrán, un refrán cualquiera, ni más ni menos necio que todos los refranes de canción mo- derna ; y entonces, con un movimiento singular de los brazos, con un gesto de los labios, con una nota más aguda, más estridente, más seca que todas las ante- riores, toda la (( canallería » del deseo y del vicio de baja estofa, surgía en rápido vuelo, mientras la or- questa continuaba durante breves instantes, acompa- ñando el eco muerto y la malicia ya expresada:

32 MARAVILLAS

Con todo el corazón ella le amaba. Le amaba, y para amarle diariamente,

diariamente, con otros por la noche se acostaba.

Era valiente. Y en el día con é) se reposaba

tiernamente...

Al oir los aplausos atronadores que parecían aclamar en Ofelia toda la belleza del vicio triste, de la carne de alquiler y del placer humilde, Luisa sintióse alucinada por la idea del triunfo, creyendo que los aplausos eran para ella, para sus piernas de estatua, para su pecho redondo, para sus líneas, en íin, y para su ritmo. Sin fijarse en lo que hacía, principió á mover los brazos al compás de la música que sonaba en su imagina- ción.

Noemí; por su parte, más dueña de misma aunque no menos impresionada por las circunstancias, estiraba las piernas desnudas, calculando su elasticidad y su ligereza, como los atletas que, antes de bajar á la arena, ensayan la robustez de sus músculos en solitarias con- torsiones de brazos.

De pronto, ambas se volvieron á ver, pálidas del susto. Un rumor sordo, una irritación general subía de las butacas y llenaba la sala, haciendo temblar las bambalinas del escenario. (( ¡No, no, no ! ¡ no, no, no ! ¡ no, no, no ! » Los signos de desaprobación dilatábanse en ondas confusas y sonoras, al compás de los bastones que golpeaban el tablado con la monotonía exasperante de su triple martilleo. « ¡ No, no, no ! »

MARAVILLAS 33

De pie, en medio de las tablas, el clown Rip-Kip aguan- taba la matraca general, indiferente y resignado, tra- tando de sonreír, imitando los gritos del público, sacando fuerzas de flaqueza, principiando los ejercicios, las genuflexiones, las gracias de todas las noches, y teniendo que suspenderlas apenas empezadas, ante los gritos á cada instante más agudos é imperiosos : (( j No, no, no ! ¡ No, no, no ! » Las butacas no querían ver al payaso, no por antipatía contra él, sino por en- tusiasmo en favor de Ofelia. El director tuvo al fin que darse por vencido, y haciendo una seña á Rip, ordenó á la cantadora que repitiese la última canción para satisfacer á sus admiradores.

Entre aplausos frenéticos, Ofelia apareció de nuevo, siempre fría, siempre hierática, sin hacer manifesta- ciones de agradecimiento, convencida de merecerlo todo ; y cantó, por segunda vez, velando más que nunca la voz canallesca y dando un tono más agrio aún á las rimas viciosas, la estúpida leyenda de la vendedora de sonrisas que mantenía á su chulo con el producto del sudor de su cuerpo :

Con Giros por la noche so acostaba,

era valiente, y en el día con él se reposaba

tiernamente. . .

Considerando los gritos del público como una des- gracia terrible, Luisa murmuró, enternecida: ¡ Pobre Rip-Rip !

34 MARAVILLAS

El clown, que esperaba al lado de las bailarinas su turno, repuso :

¿ Por qué pobre ? ¿Por qué los espectadores pre- fieren oir á esa chica?... Es natural. En San Pelers- burgo, hace un año, la gente rompió las butacas para exigir que yo repitiese mis ejercicios. Hoy todos se perecen en París por Ofelia... Ya veremos mañana. A cada artista le llega su San Martín, hijitas mías, y lo más prudente, cuando uno no quiere sufrir mucho, es aceptar las cosas como vienen, sin darles gran impor- tancia. El público es un ogro insaciable y mal educado? que, disponiendo de un menú variadísimo (en el cual hay perdices recién cazadas, como vosotras, y mil otros manjares apetitosos) se harta del mismo guiso de mer- luza seca, se arruina el estómago y se queda luego sin apetito para los demás platos. ¡ Peor para el público ! Antaño no sucedía lo mismo. Los espectadores que vieron mi debut eran más inteligentes y más finos.

^mam^

VI

Rip-l\¡[>eraloque en política se llama un retrógrado. Para él, cualquiera tiempo pasado había sido mejor, y el mejor de todos los años, el año setenta, primero de su carrera y último del imperio. Durante ese año, en efecto, mientras los franceses jóvenes se hacían matar en la frontera, él, joven también, más fuerte que nadie y tan ágil como el que más, divertía á los funcionarios de la corle é impresionaba á las damas de la nobleza, saltando de trapecio en trapecio en el circo de los Fu- námbulos. Porque Rip-Ilip no había sido siempre payaso. ¡Olí, no! Antaño, como él decía, su profesión era la de « gimnasta de alta escuela », y en vez de enseñar el reloj pintado en la parte posterior de su pantalón á los chicos inocentes, enseñaba, á las mu- jeres curiosas, su perfecta anatomía que vibraba bajo la finísima y transparente malla de seda. En aquella época, los billetes perfumados habían llovido en su cuarto, y jamás el público hubiera preferido á él una imagen de la prostitución. Sus mismos compañeros

3G MARAVILLAS

augurábanle el más brillante de los futuros, jurándole que jamás, ni en Francia ni en Inglaterra, un trapecista había saltado tan grandes distancias como él. Pero su nombre le había acarreado la desdicha. Una tarde, al volar de una barra fija en el espacio á un ondulante y lejano trapecio, habíase dormido cual su homónimo de la leyenda inglesa... Habíase dormido; y, durante su sueño, las mujeres pasaban junto á él, enviándole besos con las manos, llamándole, ofreciéndole sus bo- cas, sus pechos, sus almas ; pasaban y pasaban, las mujeres, todas enamoradas de él, de sus piernas mem- brudas, de sus robustos brazos, de su agilidad de ser- piente ; y mientras tanto el trapecio huía, elevábase, movíase epilépticamente, subía, subía y perdíase en las nubes, tratando de no dejarse coger... Pero él le cogería... ¡ya lo creo!... En su sueño todo era fácil... Y seguía durmiendo en el aire, entre el trapecio siempre epiléptico. y la barra siempre fija... Seguía durmiendo toda una eternidad en un segundo, acariciado por el amor, sostenido por las alas de la gloria, ebrio de or- gullo y de esperanzas. Al despertarse, en una cama de hospital, el médico le consoló, asegurándole que no era gran cosa, apenas un brazo roto... asunto de dos meses, en fin... Y no pudiendo ya ser gimnasta, resig- nóse á ser clown, á saltar de una silla á otra silla, á caer de lo alto de una mesa, á ser ágil sin ser olím- pico, á divertir sin impresionar, á pintarse arañas en los carrillos, á permitir que las amazonas le dieran puntapiés en el trasero y que los perros sabios le mordiesen las piernas. Primero con paciencia, ' luego

MARAVILLAS 37

con interés y al fin con amor, ejerció diariamente su ofi- cio, hasta llegar á ser uno de los más famosos ciowns del mundo. Su excentricidad, su fantasía, su ligereza de cuerpo y hasta la torpeza de su brazo derecho, le sir- vieron para conquistar la triste gloria de hacer reir. Al cabo de algunos años, fué dichoso de nuevo, aunque de otro modo, ya sin grandes alegrías nerviosas, sin esperanzas de triunfos inmensos y rápidos, sin em- briagueces de aéreos atrevimientos^ sin lucir, en fin, ante las mujeres admiradas^ sus formas desnudas y. perfectas, su pecho brillante de lentejuelas de oro, su cuello de león, sus manos de conquistador... ¡ Las mujeres ! En realidad, lo único que le entristecía, al pensar en su antigua gloria de funámbulo, era haber perdido todo su prestigio ante el bello sexo. « Antaño, pensaba, ninguna me hubiera resistido ; ¡ en tanto que ahora!... » Una historia trágica le hacía fruncir los labios de vez en cuando. Era una historia muy breve. En Yiena habíase enamorado de una rubia esbelta y fría, que, antes de entregarse á él, había exigido y ob- tenido la bendición del cura y el discurso del alcalde. Una vez casado, su amor fué siendo cada día más grande, más sensual, más tiránico. La rubia austríaca, de amplias caderas, de abundante pecho y de piel de rosa, magnetizábale con el perfume de su cuerpo, obli- gándole á agotar, en el lecho conyugal, sus fuerzas hercúleas, á inventar diariamente placeres nuevos, á desear siempre, estando al lado de ella, á todas horas, á todas partes, un beso, un estrujón, algo de carnal, en suma. Dos años transcurrieron así : él, loco porella;

38 MARAVILLAS

ella, fría y pasiva, prestándose á todos los caprichos y á todas las brutalidades, sin quejarse y sin compartir el placer. Al íin, un día, al volver á su casa más tem- prano que de costumbre, Rip encontró á su mujer en brazos de un militar, de un simple soldado, y sin darse cuenta de lo que hacía, enloquecido por los celos, pre- cipitóse sobre ella y la golpeó, la golpeó con las ma- nos, con los pies, hundiéndole las rodillas en el pecho, haciendo crujir los huesos de sus caderas, encarnizán- dose contra los sitios más blandos, más lucientes, más amados ; magullándolelos brazos, mordiéndole la nuca, macerándole los senos ; frenético, demente, enfurecido, hasta no sentir entre las manos sino una masa inerte y muda... (( ¡ La había matado !... » Él creía que la ha- bía matado... Quiso huir... Pero algunos vecinos te- níanle ya cogido por el cuello... Las fuerzas le aban- donaron entonces, su cerebro se vació de pronto, sus rodillas temblaron, y dejándose caer en una butaca, junto á la mujer en apariencia muerta, negó su crimen, dijo que no había sido él, sino otro, el militar... Que- jóse á gritos, gimiendo y llorando, hablando de su madre, de sus hijos, de sus trapecios que iban y venían, de un lobo que tenía la boca llena de sangre y las ga- rras rotas... Un ataque de fiebre delirante le tuvo pos- trado durante dos semanas, en la enfermería de la cárcel. Por último supo que su mujer estaba buena y sana en casa del militar... ¡ Pobre líip !...

De eso hacía ya quince años. Otras pasiones, menos devoradoras, pero siempre fogosas, habían entristecido más tarde su existencia de clown filosófico y de hazme reir melancólico.

MARAVILLAS 39

Viéndole inmóvil á su lado, Noemíle preguntó si era de temerse que el público las recibiera también mal á ella y á su compañera.

Rip-llip se echó á reir.

¿Recibiros mal ? No ; el público no recibe nunca mal la carne fresca. El público es como un tigre. Las buenas tajadas de brazos, levantándose y dejando ver los rizos rubios ó morenos del sobaco perfumado ; los magníficos pedazos de muslos descubiertos de cuando en cuando ; todo lo. que es útil en la mujer, en fin, le hacen perder en seguida la chaveta y le llenan de agua la boca. Oíd... oíd cómo se entusiasman todos al pen- sar no más que la heroína de la canción :

hace brillar entre las algas

su lindo torso y sus redondas nalgas...

Los aplausos sonaban, en efecto, por la vigésima vez, al final de una canción pagana cantada por Ofelia.

¡El cuatro! gritó el director ; que entre inme- diatamente el cuatro. Aprovechemos el entusiasmo.

Rip-Ri p se precipitó á la escena, haciendo una pirueta fenomenal y yendo á caer, después de haber saltado por encima de una mesa, casi sobre los atriles de la orquesta. Una carcajadageneralcelebrósu atrevimiento y su sonora caída. Las butacas no pedían ya más can- ciones, sino más brincos, más piruetas y más movi- miento, como si, al salir de una alcoba en la cual hubieran respirado todas las flores del mal, sintiesen

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la necesidad de ver algo sano y fuerte, de respirar á plenos pulmones y de reir con alegría.

Animado por los espectadores, Rip-Rip multiplicaba la ligereza de sus ejercicios y la originalidad de sus volteretas, haciendo sonar más fuertemente que nunca, con su cráneo de madera, las tablas del escenario. Su cuerpo entero se retorcía en el aire, estirando los pies y los brazos, alargando el cuello, pataleando vertigi- nosamente, sacudiendo los cabellos lacios de su pe- luca, bailando, en fin, en el espacio de un salto peli- groso, un verdadero baile de San Vito, para ir á caer en seguida, cual una masa inerte, sobre dos sillas desvencijadas que cedían al peso de su cuerpo y pro- ducían el efecto de un terremoto al venirse abajo con payaso y todo...

LuisayNoemí se alejaron del sitio en donde estaban de pie, y fueron á sentarse en el saloncillo en que los artistas se reunían durante los instantes de reposo con objeto de hablar mal de los ausentes y de combinar planes maquiavélicos para sacarles algo al director ó á los protectores.

Al verlas entrar vestidas de marineros ingleses, con una blusa azul muy ajustada, y unos pantalones cor- tísimos y más ajustados aún, los artistas se volvieron hacia ellas curiosamente.

Son las nuevas, dijo un barítono que tenía fama de irresistible, á causa de sus bigotes negros y de su voz melosa : son las nuevas.

En seguida, dirigiéndose áNoemí y ofreciéndola un sitio á su lado, tarareó con fatuidad :

MARAVILLAS 41

Ven, pues, Niñón, á mi barquilla. Boguemos juntos á la otra orilla.

Ven, pues, Niñón. . .

Luisa tomó asiento junto aun caballero calvo, autor de dos ó tres sainetes populares, muy elegante en el trajear y muy fino de maneras.

La charla, un instante interrumpida, continuó entre el humo de los cigarrillos y las risas de las mujeres.

Nosotros, decía un chico encanijado cuya solapa ostentaba un inmenso iris japonés, nosotros hemos renunciado á las conquistas dili'ciles. El amor verda- dero resulta muy caro y muy largo. Hace diez años lo mejor era camelar á las mujeres de los amigos ; pero, hoy que las mujeres honradas han dividido á sus amantes en tres categorías : el que da de comer, el que paga los trajes y el que hace reir, nos exponemos á ser el que paga, creyendo ser el que divierte ; y eso es muy triste. Lo más práctico es conducirse como Luciano y yo. Nosotros hemos renunciado á las aventuras, y no ha- cemos conquistas sino en los cafés nocturnos, con una pieza de oro en la mano. Somos las mariposas de las tabernas...

Las mariposas que van de flores blancas en flores blancas, exclamó maliciosamente el caballero calvo.

Eso es, prosiguió el hombre del iris gigantesco. El color de las flores no nos preocupa ni mucho ni poco. Lo que nos interesa es huir del ridículo y no caer entre los guantes de las supervivientes del Im-

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perio. Hace algún tiempo ocurrióseme hacer la corte á una marquesa auténtica, no del Papa sino del Rey, una marquesa de verdad, en fin, con perlas antiquísi- mas en su corona y con una fama de virtud digna de Añés. Pues bien : una noche, al volver del teatro, cuando yo me disponía á aprovechar la penumbra del carruaje para acariciarle la mano...

Una carcajada celebró el final obsceno de la anéc- dota.

De pronto la voz de barítono sonó dramáticamente, pronunciando las siguientes palabras :

¡ Yo creo en el amor !

Ofelia murmuró entre dientes :

: i Mis amantes también !

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V II

La célebre (( cantadora » hablaba poco y no parecía poner gran atención en lo que los demás referían. Re- costada en una butaca, con los brazos desnudos y la mirada errante, hubiérase dicho que meditaba en algo de siniestro y de infame. Su boca muy grande y muy roja; sus pómulos salientes y sonrosados ; su frente estrecha ; su palidez artificial de cremas blancas ; sus ojeras profundas hechas con un lápiz azul, todas sus facciones, en suma, y aun algo que era más que las facciones, algo de interior y de secreto, un resplandor de su alma brillando á intervalos en la claridad fría de sus pupilas, delataban en ella á la musa del amor in- noble, á la venus del arroyo, á la tentadora nocturna cuyo paso monótono hace crujir, en las noches sin luna, las hojas secas de los jardines públicos, y cuyas manos, doctas en los más bajos ejercicios exóticos, suelen también teñirse de sangre en los instantes de exasperación ó de miseria. Uno de sus amigos, pintor impresionista, habíala representado vestida de blanco,

44 MARAVILLAS

con los labios entreabiertos y los ojos macabros, des- hojando fúnebres tuberosas al borde del Sena, en uno de esos rincones que sirven de fondo á las escenas trá- gicas dibujadas por RaíTaelli ó descritas por Lorrain. Título del cuadro: « Ofelia de suburbio. )> Yeso era, en efecto, la cantadora viciosa : una Ofelia que había nacido en una guardilla, que había crecido en la miseria y que, á los veinte años, habiendo tenido mu- chos amantes brutales, muchos amantes egoístas, mu- chos amantes idiotas, preguntábase aún, comolanovia de Hamleto : (( ¿En qué puedo distinguir un verdadero amor de los otros amores? ¿En su sombrero de flores, en sus adornos dorados, en las cintas desús calzas? ». (( En nada, respondía la triste experiencia, en nada. Lo que más se parece á un amor sincero, es un amor falso. )) Resignándose á no encontrar nunca la pasión fuerte, dominadora, absoluta ; la pasión leal, la pasión eterna, refugiábase en el placer, en el vicio mejor dicho, y pedía á la variedad lo que la constancia no quiso darla. Sin ser, en realidad, mucho peor que casi todas sus amigas, tenía una fama detestable, más bien por culpa de sus maneras extrañas y de sus canciones terribles, que á causa de su conducta. Sus compañeros podían decir de ella, con razón, que cambiaba á me- nudo de amantes ; que una noche pertenecía á un an- ciano decrépito, y al día siguiente á un niño apenas púber ; que un padre de familia se había suicidado por ella; que sus caprichos la llevaban, á veces, á revol- carse en lechos inmundos en compañía de la primera prostituta que pasaba por la calle. Pero no era eso

MARAVILLAS 45

Únicamente lo que decían. Decían también que la pá- lida Ofelia había vivido con Pranzini y había viajado con Tropman ; decían que en Roma uno de sus amantes había asesinado á un cardenal para robarle su sortija de amatista... ¡ decían tantas cosas falsas ! Ella no lo ignoraba y, en vez de enfadarse, contribuía á obscure- cer su propia leyenda, hablando con misterio de su (( pasado lamentable. »

Viéndola silenciosa y como preocupada, el mozalbete enernigo del amor dijo á Ofelia :

tienes ideas análogas á las mías.

Yo no tengo ideas, repuso la cantadora sin mo- verse.

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VIH

Entretanto Rip-Rip, más inspirado que nunca y más que nunca deseoso de probar al público que hacía mal en posponerle á un símbolo de la corrupción parisiense, seguía complicando sus excéntricas piruetas.

Cosmopolita y modernista, Rip-Rip unía en sus ejer- cicios la prodigiosa rapidez de los clowns americanos, á la artística elegancia de los payasos franceses. La antigua profesión de gimnasta permitíale ser eléctrico como los Ilanlon-Lee y saltar con prodigiosa rapidez entre los obstáculos pintorescos del escenario. Pero también había en él al^o de clásico, un eco del Poli- chinela de rsápoles, un reflejo del blanco Pierrot pari- siense, cierto chic aristocrático, en fin, que hacía pensar en las figuras de Watteau, en los Giles, en los Leandros y en los iMezzetinos del siglo XVIII. Esos elementos combinados hacían de él una figura originalísima y le permitían, en ciertas ocasiones, atravesar el espacio en una serie de volteretas peligrosas rompiendo cien aros de papel policromo en su vuelo, siempre con una

MARAVILLAS 47

guitarra entre las manos, para ir á caer, al cabo de algunos minutos, ante una ventanilla medieval, ento- nando románticas serenatas.

El barítono dijo, tratando de definirle con una frase gráfica :

Es una pavana tocada en un órgano de vapor. Ofelia preguntó á Noemí si tenía miedo.

Sí, repuso la bailarina; tengo miedo. ¿Por qué he de negarlo? En el Conservatorio, durante los exá- menes públicos, la concurrencia no me atemorizaba, porque los que iban á vernos eran invitados; pero aquí, donde hay gente de toda clase, que ha pagado su sitio y que tiene derecho á exigir...

El director interrumpió su discurso, gritando en la puerta del saloncillo :

¡ Las nuevas !... De prisa, señoritas...

Un momento después las dos chicas principiaron á bailar.

IX

Una música singular, sin carácter genuino, sin sello de escuela, sin genio de raza, hecha de reminiscencias y de variaciones, de recortes y de alegorías; una mú- sica en la cual había algo de himno sagrado, de canción ingenua y lenta, de sencilla zarabanda antigua, y algo también de marcha funambulesca y de vals exótico; una música que era la música y las músicas, todas las músicas, las más simples como las más refinadas, y que reía y lloraba á un tiempo mismo, y que era grave y lenta cual una pavana, y fina y galante cual un mi- nué ; y que era ruda en seguida, ruda y melancólica como las armonías de los aires húngaros ; y que gemía en los violines temblequeantes para pasar de pronto á los colores sonoros y esparcirse en ruidosas ondas evocadoras de walquirias y de reales cortejos ; una música con languideces de habanera, con piruetas de cancán, con muecas de higland-fling^ con aspavientos de fantoche y pucheros de marquesita empolvada ; una música hecha de caprichos zíngaros, de caprichos

MARAVILLAS 49

parisienses, de caprichos ingleses; una música cosmo- polita, en fin, de reflejos mezclados y de ecos combi- nados, acompañaba los movimientos de las bailarinas.

Las piernas azules iban y venían en el espacio, ora con un ritmo lánguido, meciéndose al ras del suelo y plegándose coquetamente, ora subiendo rápidamente al nivel de las cabezas ; entrelazándose, uniéndose, entreabriéndose, plegándose ; siempre agitadas en un torbellino endiablado... Los talles flexibles movíanse con movimientos autónomos, sin acompañar los ade- manes de las piernas, é imprimían á los pechos rígidos } redondos una cadencia de un sensualismo extraor- dinario.

Contemplando á las bailarinas desde el escenario, Ofelia preguntó al director :

¿Qué es lo que bailan esas chicas?

Una pavana.

Y, en efecto, en ese instante era una pavana. La li- gereza y la ternura unidas, los candores maliciosos y las malicias púdicas combinadas ; todo el carácter de una raza muerta surgía, en ligero aleteo, de los movi- mientos aristocráticamente campestres y rendidamente altaneros de las dos chicas cuyos cuerpos ondulaban en ceremoniosas contorsiones, buscándose, rozándose, uniéndose...

i Una pavana ! En realidad era una pavana. Pero dos minutos después, ya era otra cosa.

Ofelia, desconcertada, tornó á interrogar :

¿ Qué es lo que bailan de veras ?

Ahora es una danza javanesa.

A

50 MARAVILLAS

Con los brazos abiertos, las chicas movían más bien las caderas que las piernas. Movían el pecho también, y movían, sobre todo, el vientre, la parte más baja del vientre, el sexo mismo, en contorsiones casi obscenas y no obstante rítmicas, produciendo la impresión mal- sana de dos cuerpos que no estuviesen de pie, sino re- costados en un diván, ó en el borde de un lecho, espe- rando y exasperando con sus nervosidades^ con sus sacudimientos, con sus temblores. Ya eso no era la danza del deseo ni de la excitación, sino la danza del espasmo, la pantomima del acto, el simulacro del vér- tigo... Y era terrible hasta el punto de incendiar, en los huesos de los espectadores, la médula misma.

Un cambio brusco... una pierna que subía, otra pierna que la acompañaba... un torbellino de redon- deces girando febrilmente... el cuerpo de la una mo- viéndose, desarticulándose, y el cuerpo de la otra siguiéndole, uniéndose á él, acompañándole de un modo tan hábil, que parecía su complemento y su re- flejo... ¡ El cancán !...

Y todos los bailes estaban tan íntimamente ligados, que hubiera sido necesario poderlos contemplar sin emoción, para distinguir en dónde principiaba uno y terminaba otro. De la variedad y del desmembramiento surgía un conjunto curiosísimo y verdaderamente com- pacto, como de muchos retazos de color diferente nace, á veces, la armonía de una bandera flotando bajo el sol.

Es un potpourri, dijo Ofelia.

No, repuso el director, es una antología...

X

Una animación excepcional reinaba en el saloncillo de (( Maravillas ». Los artistas, los coristas y hasta los tertulianos, parecían más alegres que de costumbre.

Una tarjeta pegada en el espejo, decía:

« El director del concierto tiene el honor de invitar á todos los artistas que las presentes letras vieren, á una cena que se verificará hoy misino, á las doce en punto de la noche, en el Café de los Príncipes, en ce- lebración de lo que á nadie imporia. »

En el extremo inferior de la tarjeta, imitando el (( se bailará » de las esquelas oficiales, leíanse las dos palabras siguientes : (( Se emborrachará. y>

La broma hacía reir á Ofelia, quien aseguraba, sin embargo, que no se emborracharía.

¿Y tú? preguntó Rip-Rip á Noemí.

Yo tampoco, repuso la bailarina.

¡ Naturalmente ! prosiguió el clown. Aquí todos

52 ' MARAVILLAS

somos unas almas de Dios, incapaces de cometer el más venial pecado contra los mandamientos de la doctrinacristiana. Ni bebemos, ni deseamos ala mujer del prójimo, ni fornicamos, ni somos codiciosos^ ni glotones, ni nada... ¿Verdad, Rosalba?

La interpelada se echó á reir, asegurando que haría lo mismo que los demás ; que si los demás no bebían, ella tampoco bebería; pero que, en verdad, prefería beber, sobre todo si era champaña lo que iban á darles.

Rip la dijo :

Tú, por lo menos, eres una buena chica.

-í^

XI

Y en efecto, lo era. Era la buena chica por deíinición y por antonomasia. Sin talento ninguno y sin deseo de adquirirlo consagrándose á una de esas especialidades escénicas en las cuales es fácil llegar á sobresalir, Ro- salba duraba, empero en el concierto de Maravillas, más que ninguna de sus compañeras.

Contratada cinco años antes para representar los (( Cuadros humanos » de Luis Rey, había tenido un éxito inmenso, gracias á su impudor ingenuo de ser inconsciente y casi primitivo. Desnudarse en el esce- nario ante mil personas, era para ella un acto tan na- tural como desnudarse en su alcoba para meterse en la cama... Y se había desnudado, durante un mes, con lentitudes perversas y con gracias felinas, despojándose primero de la falda, luego de las enaguas, en seguida de la camisa, por último de los pantaloncillos de seda negra y de las medias color de rosa, hasta quedar, según la expresión de Rey, « cual su madre tuvo el honor de parirla. » Se había desnudado con un arte

54 MARAVILLAS

exquisito, con tanto talento como otras se visten, em- pleando cinco minutos en desabrochar el corsé, des- haciendo cada lazo de cinta de una manera singular- mente provocadora, simulando, antesde mostrar ciertos sitios del cuerpo, ligeros pudores de doncella ó gallar- das osadías de cortesana ; se había desnudado « como lo hacen las grandes damas », (( como lo hacen las vírgenes », « como lo hacen las pecadoras », apare- ciendo, á veces, en traje de seda y á veces en traje de lana, enseñando un día la humilde ropa interior de la obrera y al día siguiente las riquísimas prendas, llenas de encajes, de las millonarias ; se había desnudado, en fin, de mil maneras diferentes, haciendo circular cada noche, por la espina dorsal de París, un escalofrío debilitante.

Al terminar su contrato, el director le preguntó si quería representar un papel de paje en la pantomima que entonces ensayaban.

Sí, repuso.

Cuando la pantomima terminó, diéronla un nuevo papel en un cortejo antiguo. Más tarde la vistieron de militar ó de Venus, de emperatriz ó de payaso, según las necesidades de las piececillas. Rosalba, siempre contenta, aceptábalo todo, sin pedir que la aumentaran el sueldo y sin quejarse de lo fatigoso de ciertos pa- peles.

Un día fué necesario buscar una negra para dar co- lor local á una escena que se desarrollaba en un mer- cado de esclavas de Marruecos. El director ofreció pagar el doble á la corista que se prestara á dejarse

MARAVILLAS 55

pintar el cuerpo y á permanecer echada sobre una riquísima alfombra oriental durante media hora diaria. Ninguna quiso aceptar. El director puso entonces un anuncio, solicitando una negra ó una blanca pintada de negro. Todo fué en vano. Al fin se decidió el direc- tor á proponerle el papel á Rosalba, y Rosalba aceptó. Fué la esclava; dejóse vender y manosear por eunucos y mercaderes ; estiró las piernas desnudas para que los coristas que figuraban á los compradores la examinasen á su antojo ; y en muchas ocasiones, no teniendo ga- nas de mojarse el cuerpo después de la función, mar- chóse á su casa aún embadurnada de negro.

En la intimidad de la vida, Rosalba era tan compla- ciente como en el teatro. Perezosa cual una criolla, dejábase llevar por la corriente del Destino, tratando de no ver sino el aspecto agradable de las cosas. Y como no tenía ni grandes. esperanzas, ni grandes de- seos, sus desilusiones no eran nunca muy grandes.

Tampoco su belleza era muy grande. Dos ojos negros, muy negros y muy dulces ; una boca de labios sen- suales y rojos ; una cabellera obscura y abundosa ; una nariz demasiado corta ; dos orejas que habrían parecido grandísimas si el pelo no las hubiera escondido á me- dias, y un cuerpo... eso sí, un cuerpo de diosa...

Rip-Rip decía al verla :

debieras andar siempre desnuda.

Ella se desnudaba lo más á menudo posible, no sólo para aparecer ante el público, sino también en su casa, ante sus amigos, y en fiestas familiares de poetas y saltimbanquis.

56 MARAVILLAS

Lo más extraordinario en Rosalba, era que, viviendo en una atmósfera de intrigas amorosas, de caprichos violentos, de pasiones rápidas, nadie la había jamás conocido un amante verdadero. Sus idilios duraban un día, y más que idilios eran obras de caridad, pues siempre tenían como colaborador á un cómico triste ó á un payaso abandonado. Los hombres, en efecto, no la buscaban sino muy tarde, por la noche, cuando ya habían perdido la esperanza de hacer otra con- quista.

XII

Ofelia la preguntó :

¿Entonces estás decidida á emborracharte?

Sí, repuso Rosalba.

Y luego, continuó la cantadora, te marcharás con el primero que desee llevarte á su casa! En verdad te digo, yo preferiría morirme á vivir como vives. Por- que tú no eres una mujer, sino un perro.

Tú, en cambio, dijo el clown, eres un tigre. Aquí, la única que me parece una mujer verdadera, es Luisa.

Noemí se echó á reir, asegurando que Luisa era más bien una niña.

Véanla ustedes, dijo. Allí está, más triste que nadie, cuando debiera ser la más dichosa de todas. ¿Y saben ustedes por qué está triste? Porque preferiría ir á acostarse con su novio á asistir á la fiesta.

El director del concierto que acababa de entrar, dijo á la bailarina:

Trae á tu hombre. Yo le invito.

No, repuso Luisa, no.

58 MARAVILLAS

Pero ya Noemí había salido del saloncillo en busca de Eugenio, que, lo mismo que todas las noches, ocu- paba una butaca, esperando á su mujercita.

El director exclamó :

Deja que le traigan... ¿Acaso nos lo vamos á co- mer? Aquí todos somos hermanos, y los hermanos de nuestras hermanas son nuestros hermanos. . . Á la única á quien no se le permite traer á sus amantes, es á Ofelia, porque sería capaz de llenarnos el escenario de anarquistas... Pero á se te permite todo, incluso que te comas á besos á tu chico delante de nosotros... Porque supongo que tu hombre es comible... Vamos... que es un guapo mozo, con muchos bigotes y muchas barbas, ¿no es cierto ?

La interrogada no contestó. Mirando fijamente la puerta por donde su amiga acababa de salir, perma- necía inmóvil, con las pupilas dilatadas, como si una visión extraordinaria la alucinara y la atrajese...

El director continuó :

Yo soy lo que en otro tiempo se llamaba un buen príncipe. Como á manteles con todo el mundo ; mi faltriquera es una veleta expuesta á los cuatro vientos de la mendicidad vergonzante ; quiero á mis artistas como á mismo, amén... Y á los que tienen talento, no sólo los quiero, sino que además los estimo... A te estimo... y á Rip-Rip... y á Ofelia... y átu hermana Noemí también... aunque no sea tu hermana... ¡ Es curioso lo que ha pasado con vosotras!.. La primera noche el público casi no os aplaudió y luego os aplaude cada día más... Sin Ofelia, sin Rip y sin vosotras, sería necesario cerrar el concierto.

MARAVILLAS 59

A medida que el « amo » hablaba, los artistas iban aproximándose á él, hasta llegará formar un verdadero corroa su derredor. El clown, á caballo en una butaca, con el ancho pantalón recogido y las mangas arre- mangadas, trataba de mantener en equilibrio sobre la cabeza de liosalba una pluma blanca. Ofelia sonreía en su sillón señorial, oyendo las frases elogiosas á su talento dedicadas. Los demás, apiñados en sillas y di- vanes, escuchaban.

Escuchaban al director que seguía hablando de este modo :

Sin duda soy un buen príncipe... ¿Os acordáis de Polonio diciendo á Hamleto que va á tratar á los cómicos conforme á sus méritos, é inclinándose cuando el hijo del rey le dice: « ¿Mejor, Polonio, mucho me- jor? )) Pues yo he hecho lo mismo... El propietario del café me dijo : « No tenga usted cuidado que habrá cena para todos. » Yo le contesté : « ¡ Más que para todos, Polonio

,. ))

Una carcajada general celebró la fanfarronería bur- lesca del director.

¡Viva el amo ! gritó Rosalba. Los demás exclamaron :

¡ Vivaaa!...

XIII

El director de Maravillas era un hombre que se hacía querer desde luego. Italiano de origen y parisiense de educación, uníaá la urbanidad halagadora de los hijos de Maquiavelo, la elegancia cortés délos compatriotas de Moliere. En un cuerpo de atleta, llevaba un alma de mujer y era, conforme las circunstancias lo requerían, mimoso y rudo, violento y zalamero.

Había tenido muchos nombres. Se había llamado primero José Lombardo, luego Miguel de Zorachio, en seguida Alfredo Regal y, por último, Ernesto del Ro- cano. Cada cambio de nombre representa en la his- toria de su vida un cambio de situación. Al pasar de José á Miguel, había también pasado de tabernero á propietario del hotel ; del hotel, después de una quiebra dudosa y de un proceso feliz, pasó á dirigir el casino de una estación balnearia, y de la playa fué á París, con algunos miles de duros misteriosamente ganados y un nuevo nombre, á fundar el concierto de Mara- villas.

MARAVILLAS 61

Su historia no era un misterio para nadie y, el que más el que menos, todos le consideraban como un aventurero afortunado y agradable.

Agradable, nadie lo era más que él ; nadie sabía es- coger tan hábilmente la frase que adula y acaricia ; nadie tenía tanto fuego para probar al primer quidan venido que el porvenir le pertenecía ; nadie cogía con tanta amabilidad el brazo de los amigos para decirles al oído, con tono confidencial, las más vulgares nimie- dades. Era afable con todos y á todas horas. Lo era al pasar ante un desconocido á quien saludaba; lo era al dar las gracias al criado que le traía una tarjeta ; lo era con los duques y los millonarios que iban á su con- cierto; lo era, en fin, con sus artistas, con sus coristas y con sus deudores.

Sólo con SUS' acreedores no lo era.

¡ Oh, la avaricia de Ernesto del Rocario ! El mismo Rip-Rip y la propia Ofelia, que representaban las co- lumnas de Hércules de su fortuna, temblaban cada quince días al acercarse á la oficina en donde el direc- tor hacía sus pagos. Porque ya se sabía: el primero y el dieciséis de cada mes, la paloma toscana se con- vertía'en un oso polar y desde muy tempranito empe- pezaba á pasearse por los corredores del teatro, que- jándose de los negocios con palabras que más bien parecían gruñidos.

Y lo más curioso era que nunca dejaba de pagar.

Rip-Rip decía :

Paga, pero pega...

Rosalba refería una anécdota en la cual estaba re- sumido todo el carácter del italiano afrancesado.

62 MARAVILLAS

Una madrugada al salir del concierto, Rocario llamó á la artista para expresarle con melosísimas frases su deseo de pasar la noche en compañía suya. Ella aceptó. Al día siguiente, el amo la aseguró que la haría un regalo para probarle su reconocimiento, y dos horas después Rosalba recibió una moneda de cinco pesetas envuelta en un papel color de rosa.

Sin embargo, ó quizás por lo mismo, el más gran insulto que podía dirigirse á Ernesto Rocario, era lla- marle avaro. (( ¡ Avaro él !.. ¡ Pues no faltaba más !.. » Según su frase, lejos de ser un avaro, era « un buen príncipe )) ; y lo probaba ofreciendo, de vez en cuando, á sus amigos una cena, que generalmente no pagaba él, sino algún gran señor partidario de artísticas juergas.

¡ Aquí están ! gritó de pronto Rosalba, viendo entrar á Noemí acompañada por un chico moreno, cuyo porte tímido contrastaba con las actitudes familiares de los que concurrían al saloncillo.

Muy pálida, Luisa salió al encuentro de su amante, y cogiéndole por la mano, le presentó á sus compa- ñeros.

; Es muy guapo ! dijo Ofelia.

Las demás mujeres dijeron lo mismo, y los hombres, deseosos de decir algo, le dieron la enhorabuena por el entusiasmo que su presencia despertaba entre las hijas de Eva.

Sólo Rip-Rip permaneció silencioso en su sitio, ha- ciendo como que no veía al recién llegado.

XIV

Dieron las doce, y la función terminó. Dieron las doce y media, y los invitados se pusieron en marcha, camino del café de los Príncipes, sin quitarse sus trajes de teatro y sin despintarse los rostros. Á la una de la madrugada, todos estaban ya en sus sitios, con las servilletas sobre las rodillas y la primera copa en la diestra...

El director presidía, sentado en un extremo de la mesa. En el otro extremo, un viejecito de noble aspecto ostentaba en la solapa del frac, la roseta de gran ofi- cial de la Legión de Honor. Los demás artistas, colo- cados por la mano del azar, repartíanse las veinte sillas restantes.

Somo veintidós, dijo el director, y eso es fatal.

¿Fatal? preguntaron tres ó cuatro voces ala vez. ¿Por qué?

Porque en veintidós hay trece y luego nueve... lo que hace nueve más de lo necesario para la Fata- lidad.

64 ' MARAVILLAS

A pesar de la abundancia que antes había prometido Rocario en su discurso, el primer plato no bastó para todos, y tres á cuatro coristas tuvieron que quedarse sin probarlo.

El vino, en cambio, era abundantísimo, y si no ex- celente, tampoco podía decirse que fuera malo; era mediano, y para el paladar de los que lo bebían, era riquísimo.

Todos hablaban á la vez. Una confusión babilónica reinaba en la estancia. Las mujeres se quejaban del calor y los hombres de las mujeres. Los que más ha- blaban, los que más se movían, los que más bulliciosos mostrábanse, eran los coristas, como si se trataran de desquitarse así de la humilde y silenciosa actitud que tenían que conservar en el concierto durante semanas enteras.

El viejecito condecorado hacía lo posible por cap- tarse las buenas voluntades de todos sus compañeros decena, brindando á cada instante por la prosperidad de Variedades. Rosalba, que estaba á su lado, servíale de cicerone, é iba indicándole los nombres y los oficios de cada uno.

Aquél, decíale señalando al barítono de la com- pañía, se llama Lorenzo... Es un cantor de mucho ta- lento... ¿No ha oído usted hablar de él?... Sólo que es muy fatuo y se figura que todas las mujeres están locas por sus bigotes... Pero en el fondo es un buen chico...

¿ Y la rubia ? preguntó el viejecito.

Es Ofelia... Á su lado está Rip-Rip, el clown,que es muy bueno y muy inteligente... Sus enemigos dicen

MARAVILLAS 65

que está loco... ¡ más loca estoy yo !... También dicen que mató á su mujer.... ¿verdad que no es cierto?... ¡ Pobre Rip !.. Yo le creo incapaz de matar una mosca.

¿Y Ofelia ? insistió el anciano.

Ofelia es la rubia, la que está junto al director... ¿Ha visto usted alas hermanas?.. No son hermanas... son bailarinas... La más pequeña se llama Luisa y la otra Noemí... Apenas hace dos meses que están en el concierto y ya tienen más éxito que los demás... Por- que eso sí, como saber bailar ¡ ya lo creo que saben ! Y lindas, ¿verdad?.. Luisa ha traído á su cariñito, que es ese chico moreno que está á su derecha... ¿ No le conoce usted?.. Yo tampoco... Parece un estudiante...

El caballero condecorado preguntó por tercera vez :

¿Y Ofelia?

Ya se la enseñé á usted : es la rubia. Tiene mucha fama, porque los periódicos aseguran que ha creado un género nuevo y que representa el alma de la plebe. Á no me gusta su voz... Y además es muy brusca, sin contar con que... pero tal vez son calumnias...

¿Qué?

Que dicen que es muy viciosa ; que tiene cos- tumbres horribles ; que anda metida con asesinos y mujeres de mala vida... En el concierto, sólo Kip-Rip se atreve á mandarla á paseo ; los demás la tienen miedo; y aunque... Yo no la quiero...

Un murmullo general interrumpió á llosalba. Al ir á colocar una fuente llena de « setas á la provenzal » en medio de la mesa, uno de los camareros había de- jado caer la salsa sobre el traje de dos coristas.

5

66 MARAVILLAS

Todo el mundo se puso en pie...

¡ Que le aspen ! gritaban unos, señalando al ca- marero.

¡ Que se desnuden ! exclamaban otros, aludiendo á las coristas...

Estos últimos fueron los que á la postre lograron el triunfo de su moción, pues las coristas se vieron obli- gadas á quitarse los talles mojados, con objeto de ha- cerlos secar junto de la lumbre.

Al tratar cada convive de recuperar su puesto, Ro- salba halló el suyo ocupado por Ofelia que, con las manos bajo la mesa, acariciaba ostensiblemente las piernas del anciano, y que la dijo sin volver los ojos hacia ella :

Ve á mi puesto, que el amo está excitado.

Cuando los mozos presentaron el último plato, ya nadie tenía apetito... Nadie tenía apetito y sin embargo nadie había comido.

Los diálogos, truncados y mezclados, producían un efecto verdaderamente cómico.

¡ El champaña !

¡ Los postres !...

¿ Te gustan sus ojos ?

j Yo prefiero el pollo !

Es el príncipe de Borbón.

¡No, mujer, una pierna!...

¿Y su condecoración, pues?

¡Que me hacen cosquillas bajo la mesa!

MARAVILLAS 67

Es Rip-Rip...

¡ Mi corazón !

Que lo saquen...

Todos estaban borrachos y los que no lo estaban, al menos lo parecían. Luisa misma, siempre grave y cir- cunspecta, había echado un brazo alrededor del cuello de Eugenio, y con las pupilas llameantes de deseo, mirábale de hito en hito, como temerosa de que al- guien pudiera disfrutar más que ella misma del espec- táculo del adorado rostro.

De pronto una voz estridente y canallesca estalló en la sala, dominando todos los demás ruidos. Era Ofelia que cantaba, arrodillada ante el viejecito, una romanza parisiense llena de promesas lascivas y de eróticos reclamos.

¡ Magnífico ! dijo el director frotándose las manos. Y luego continuó al oído de Rosalba :

No es el príncipe de Borbón, pero es un diplomá- tico ruso, más rico que toda Inglaterra y más barbián que París entero. Hace quince días que no deja de venir una sola noche á Maravillas, con objeto de verá Ofelia, porque algunos le han dicho que nuestra can- tadora es una mujer que ha descubierto vicios nuevos... Pero Ofelia no sabrá aprovechar la circunstancia y se contentará con un collar de perlas ó con un diamante cualquiera... ¡Oh!... ¡Si yo fuera mujer!... ¡ Si yo fuera mujer !...

Una pausa. En seguida :

68 MARAVILLAS

¿C^O'^ quién te vas esta noche?

¿Yo?... sola.

¿No quieres venirte conmigo? Justamente he re- cibido una mortadela de Ñapóles que no hay más que comerla... y si quieres, nos haremos una cenita antes de acostarnos... Porque aquí casi no hemos comido... ¿Vienes?...

Rosalba se echó á reir estrechando, al mismo tiempo, con efusión, las manos del amo, para manifestarle así su asentimiento y su dicha.

Un grito femenino, nervioso y desgarrador, hizo vol- ver á todo el mundo la vista hacia el centro de la mesa. Rip-liip acababa de destapar una botella de champaña bajo las enaguas de Noemí, y el corcho había herido levemente á la asustadiza bailarina.

Luisa dijo á su amante :

Vamonos... sin despedirnos... Yo no estoy bien aquí, y además tengo ganas de estrecharte libremente entre los brazos... Vamonos...

XV

Al encontrarse solos en la puerta del café, los dos enamorados experimentaron una sensación de des- ahogo y de consuelo.

¿Tomamos un coche? preguntó Eugenio.

No, repuso Luisa, andemos un poco.

Eran las cinco de la mañana. La luna lívida, como fatigada por haber pasado la noche fuera, lucía aún en el horizonte. La claridad tenue de la aurora envolvía los techos de las casas en un manto dorado, dejando aún las calles sumidas en una penumbra muy pálida y muy dulce. Un soplo ligero, lleno de emanaciones sin nombre y de aromas desconocidos, oreaba los pulmones y hacía palpitar las hojas de los árboles. De cuando en cuando una carreta llena de frutas ó una mujer con un saco al hombro, pasaban rápidamente interrumpiendo la silenciosa gravedad del amanecer.

¡ Y pensar que á las nueve en punto es necesario que esté en la oficina! murmuró Eugenio.

70 MARAVILLAS

¡ Pobrecito ! repuso Luisa. Pero ¿no podrías au- sentarte un día?

No ; ya sabes que no.

Un día no es mucho. ¿Qué harías, entonces, si estuvieses enfermo?

Eugenio no respondió nada; pero al cabo de algunos instantes prosiguió :

No ; es horrible, verdaderamente horrible, la vida que yo llevo en esa casa... Ya te he dicho que el prin- cipal no me quiere bien y que aprovecha todas las ocasiones para molestarme, sobre todo desde que sabe que vivo contigo. Hoy, si llego con los párpados fati- gados, me dirá que es porque paso las noches en las tabernas; y si no llego, se quejará al Sr. Levy... Lo peor es que al fin un día le doy una bofetada y me marcho de la casa... y como no querrán concederme entonces buenos informes, no encontraré otro empleo.

¿ Por qué no buscas desde luego?

Por falta de tiempo. ¿Á qué hora quieres que busque, si trabajo todo el santo día? Para encontrar algo que me convenga, sería necesario disponer de una semana.

Bueno... eso no importa.

Sí, importa, porque no tengo dinero. Si hubiera economizado algo para tener la comida segura durante unos quince días, ya sería otra cosa.

¿Quieres que yo te preste algún dinero, mientras encuentras un buen empleo ?

No... no...

MARAVILLAS 71

¡Pero si me le pagarás, hombre !... Y, por otra parte, ¿no es todo de los dos?

No... no... eso no.

¡ Sí!.. Vamos á acostarnos ¿verdad?...

Silenciosamente los enamorados continuaron su ca- mino, andando sin prisa, dichosos en apariencia de renovar el aire malsano absorbido durante la orgía por sus pulmones.

El cielo parecía á cada paso más claro y más áureo. La luna disminuía de volumen, inmovilizándose en el mismo sitio y muriendo de consunción como una en- ferma del pecho. En las bocacalles y en las encrucija- das, la claridad auroral formaba cruces y estrellas de luz sobre el asfalto del arroyo, y sólo el lado de las aceras seguía sumido en el claro-obscuro melancólico del amanecer indeciso.

Eugenio reflexionaba sobre su situación, enterne- ciéndose al pensar en su destino. ¡ Ser empleado de una casa de comercio, trabajar doce horas diarias para ganar siete pesetas al día... estar pagado como los obreros, y tener hábitos de señorito, y dignidad de caballero... aguantar por necesidad las impertinencias del principal... y no poder hacer otra cosa en la vida ! »

En verdad, ante sus propios ojos no había situación tan triste como la suya.

Lo más extraño era que- había pasado varios años sin notarlo: siendo un oficinista modelo, trabajando como todos sus compañeros y no esperando sino lo que sus amigos esperaban... Había nacido á la vida

72 MARAVILLAS

personal en un despacho lleno de plumas y de papeles, sin más horizonte que el armario de los libros de con- tabilidad, y sin más ambiciones que los ascensos par- simoniosos establecidos por el escalafón de la anti- güedad... Y así habría continuado toda la vida, si la fatalidad no se hubiese interpuesto en su camino, como el Gran Tortuoso de Ibsen en la ruta del lamen- table Gint...

Pero había llegado Luisa para enervarle con el per- fume de su cuerpo joven, para debilitarle con el fuego de sus caricias, para hacerle ver que el dinero podía ganarse sin necesidad de ir á una oficina ; y desde en- tonces, en su cerebro de em picadillo revoloteaban mil ideas de independencia y mil esperanzas ambi- ciosas...

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SEGUNDA PARTE

A las tres de la tarde, Luisa no había llegado aún, á pesar de que el ensayo estaba anunciado paralas dos y media.

En la penumbra del escenario, los artistas impa- cientes iban y venían, andando sin hacer ruido, ha- blando sin levantar la voz y moviéndose como sombras proyectadas por una linterna mágica, mientras los violines de la orquesta preludiaban á la sordina aire- cillos lentos y monótonos.

Quien de pronto hubiera penetrado en Maravillas, no habría creído encontrarse en un conservatorio de fantásticas locuras, sino en un seminario de coristas palestrinescos.

El único que andando hacía ruido y que moviéndose parecía tener nervios, era el director, quien iba y venía

74 MARAVILLAS

de su despacho á la concha y de la concha á su des- pacho, preguntando sin cesar á qué hora llegaría Luisa. Noemí, de pie en el primer peldaño de una escalera de mano, hablaba con Rlp-Rip.

¿Estará enferma? preguntaba con solicitud el clown.

¡ Enferma!... ¡ Enferma!... ; más enferma estoy yo ! Lo que sucede es que se acuesta muy tarde y no se levanta sino cuando á su Eugenio le da la gana... Después de todo, apenas son las tres... y el ensayo...

Rocario oyó estas ultimas palabras é interrumpió á la bailarina diciendo :

Eso es : nada más que media hora de atraso, como si estuviésemos en la escuela y pudiéramos disponer de un año entero para aprender un valse ó un cate- cismo. Media hora es mucho tiempo. Tenemos los minutos contados, y si no queremos que el público nos silbe, debemos darnos prisa... Tú, al menos, eres tan puntual como linda... ¡Pero tu hermana!... En cuanto llegue, vas á hacerme el favor de echarla un discurso elocuentísimo, cual sólo sabes hacerlos, para obligarla á imitar mi puntualidad.

Halagada por las frases del director, Noemí sonreía.

¡ Aquí está ! exclamó Rip-Rip yendo al encuentro de Luisa, cuya silueta elegante acababa de destacarse en la media claridad del escenario.

El director dijo en alta voz :

Si no la quisiéramos tanto, le pondríamos una multa. Principiemos.

JI

Una melodía alada brotó de la orquesta, animando la sala hasta entonces sumida en la modorra, y los yiolines, antes monótonos, tornáronse lánguidos, con objeto de marcar un paso de baile á la antigua usanza, lleno de galantes reverencias, de ligeras coqueterías, de dulces reclamos y de suaves caricias.

Mecidas por el ritmo de la música, las dos hermanas principiaron á ondular en el escenario, enlazándose por los talles, como dos enamorados.

III

Después de haber explotado durante seis meses con- secutivos la originalidad modernísima de lo que él lla- maba un i{ florilegio bailado » y que, en realidad, no era sino un funambulesco potpourri de ritmos carac- terísticos, Ernesto Rocario habíase al fin decidido á confiará las bailarinas la ejecución de una obra menos excéntrica y más en armonía con la educación clásica de sus piernas esculturales.

La nueva obra coreográfica, se titulaba Aocturno Bohemio, y era un arreglo del antiguo repertorio de Rosita Mauri, adaptado por el mismo Rocario que, como buen italiano, era algo músico.

Ofelia decía :

Eso no es un arreglo, sino un fusilamiento que necesita un batallón.

En efecto, el nuevo espectáculo requería muchísimas comparsas para formar, en derredor de las dos estre- llas, un cuadro llamativo y atrayente.

IV

Principia el ensayo.

Luisa es una princesa de Bohemia y Noemí es su paje. Durante dos años ambos viven más felices que el resto de la humanidad en un parque encantado y solitario, queriéndose mucho y probándoselo sin cesar, l^ero un día, cien cíngaros morenos, y andrajosos, alegres y bellos, invaden el parque y bailan durante toda la noche, acompañándose con humildes violines cuyas cuerdas gimen y ríen á un tiempo mismo, pro- duciendo sensaciones misteriosas en el alma de los que escuchan y sugiriéndoles ideas de libertad como las guitarras gitanas, pero de modo menos febril, con más languidez, con más dulces promesas, de una manera más mimosa y más acariciadora, en fin.

Cuando, al rayar el día, los cíngaros se marchan y hacen lucir al sol sus harapos multicolores tarareando aún las canciones nómadas que mecen sus miserias, el paje se siente triste y principia á experimentar la nostalgia de la libertad y la sed de lo desconocido. La

78 MARAVILLAS

princesa trata de consolarle ofreciéndole el panal de sus labios, el espejo de sus pupilas, las copas de sus senos. Pero el paje fantaseador ya no quiere eso, y quiere otras cosas y otras copas, y otros panales nunca probados, y huye.

La princesa corre tras él, segura de antemano de encontrarle bajo el toldo de los bohemios y decidida á reconquistarle por medio de sutiles estratagemas. Al llegar al bosque donde los músicos ambulantes des- cansan, Luisa llama al jefe cíngaro y le ofrece una bolsa llena de escudos de oro, con la condición de ha- cer todo lo que se le ordene. El bohemio ve brillarlos escudos ; sus labios palpitan de codicia, y promete.

Entonces la noble abandonada despójase de sus ves- tiduras y las reemplaza con la falda corta y con la ca- misa humilde de una gilanilla adolescente que, no teniendo otras prendas que ponerse, permanece medio desnuda bajo un árbol, frotándose los miembros, re- dondos y dorados como frutas, con las manos finas y perezosas.

Á lo lejos, en la luminosa blancura del día, el paje aparece corriendo en busca de los bohemios. La prin- cesa le ve venir, y cuando ya le tiene á su lado, baila.

Baila lánguida y sensualmente, imitando las impú- dicas contorsiones de los artistas nómadas, dejando que sus" pechos admirables salgan de la prisión del

MARAVILLAS 79

traje y se muevan con ritmo enloquecedor ; descu- briendo sus pantorrillas de diosa y sus brazos de esta- tua ; moviendo las caderas, ofreciendo toda su carne rubia y todas sus caricias salvajes á los cíngaros que la miran y la admiran.

Noemí se acerca á ella sin reconocerla, la sigue con la vista, la acompaña en el baile; y dominado por su gracia, la ofrece su corazón y su mano.

La princesa acepta y se hace reconocer.

Una sarabanda bohemia bailada por cien coristas remata el espectáculo.

Durante los ensayos Luisa ejecutaba su papel con una maestría irreprochable, como si estuviera ante el público y dejando siempre atrás á sus compañeras. En í;encral hacíase aplaudir por todos los artistas pre- sentes.

Es admirable, decía líip-Iiip á Ofelia, la elastici- dad, la elegancia, la belleza y la sencillez de esachica. Noemí vale mucho, sin duda, y cuando está sola parece inmejorable ; pero al lado de Luisa todo palidece. En la Ópera, hoy por hoy, no existe una sola bailarina que sea capaz de hacer lo que ella hace... ¡ Es admi- rable !

Ten cuidado, respondía Ofelia sonriendo sarcás- ticamente. Tu admiración comienza á rayar en amor apasionado.

No seas tonta... ¡ Si podría yo ser su padre !

Peor aún ; á los sesenta se ama sesenta veces más que á los cuarenta.

MARAVILLAS 81

En el otro extremo del escenario, Luisa y Noemí ha- blaban muy quedo.

Verás, decía la primera respondiendo á una pre- gunta relativa á su amante, el pobre se desespera por encontrar trabajo, pero no halla nada, en ninguna parte. Hace tres días le ofrecieron un puesto en Bur- deos y tuve que echarme á llorar para que no le acep- tara. Figúrate que le iban á dar cincuenta duros... ¿ Qué hubiéramos hecho los dos con eso, en una ciudad donde yo no puedo trabajar ? No... y además no quiero que se vaya de París. Al fin y al cabo, mientras yo esté en el concierto, no ha de faltarle nada.

Está bien: en tales asuntos cada cual hace loque le parece, y nadie tiene que meterse en la vida privada de los demás. Sólo que, como amiga, debo decirte que aquí ya todos saben que Eugenio no trabaja y que vivo de lo que ganas. Ayer, justamente, Ofelia me pre- guntó por y por tu (( chulo. »

Una llama de púrpura incendió el rostro de Luisa, cuyos grandes ojos se volvieron á uno y otro lado, buscando á la cantadora deslenguada.

Noemí trató de calmarla diciéndola :

Te ruego que no te des por entendida... Hazlo por y por él, que al fin y al cabo sufriría mucho ente- rándose de que te has visto precisada á defenderle. Yo te digo eso para que en lo sucesivo no dejes traslucir lo que sucede en tu casa. Aquí el único que nos tiene cariño es ese pobre Rip, que parece loco por tí. Los demás, ó son unos grandísimos egoístas como el di- rector y Kosalba, ó son unos pérfidos como Ofelia, ó

82 MARAVILLAS

son unos semidioses como el barítono. Yo no deseo cometer la tontería de acostarme con ningún compa- ñero, y cuando quiera un (( cariño » lo buscaré fuera. Condúcete lo mismo que yo.

Yo me conduzco como puedo, repuso Luisa cuya cólera momentánea habíase trocado en ternura para su amante. Aquí nadie me importa un bledo, y la que no está contenta de que lo diga... ¡ Pobre Eugenio ! ¡ Llamarlo chulo !... ¡Si supieran el esfuerzo que tengo que hacer á cada momento para obligarle á aceptar algo, no hablarían así. Y además si les parece un chulo despreciable, ¿por qué se pasan la noche enviándole besos á hurtadillas y echándole piropos? ¡ Pobrecito !.. No hay nadie que sufra tanto como él á causa de su posición actual...

VI

La bailarina exageraba.

Eugenio no era ni un vividor sin escrúpulos, capaz de gastarse con frescura el dinero de una querida, ni un hombre fuerte, decidido á sacrificarse y á alejarse de las tentaciones.

Era sencillamente un hombre débil.

Cuando, al salir del café de los Príncipes, Luisa le suplicó por la primera vez que aceptase algunos cuar- tos prestados, con objeto de subsistir durante los quince días que le eran necesarios para encontrar Otro empleo, su alma sintióse humillada y su voluntad formó el firme propósito seguir trabajando como hasta entonces en el mismo sitio. Y, á pesar de no haber dormido, asistió á su oficina.

Al día siguiente también asistió ; pero la labor buro- crática parecióle más tiránica que nunca ; y sin darse cuenta de lo que hacía, obedeciendo á un impulso in- terior é irrazonado, marchóse antes que sus compa- ñeros, y no volvió más. Durante la primera semana de

84 MARAVILLAS

cesantía, se resistió enérgicamente á aceptar nada de su querida; levantóse muy de mañana, y fué de puerta en puerta pidiendo un puesto productivo á todos los comerciantes de su barrio, sin conseguir algo que va- liese la pena de ser aceptado. Una nueva semana trans- currió en seguida, durante la cual su actividad dismi- nuyó y sus esperanzas menguaron, sin que su alma dejase de sentir grandísima repugnancia por el oro que su mujercita le ofrecía.

Hijo de un oficial •, acostumbrado a oir hablar del honor desde la cuna ; educado en la estrechez burguesa de las ideas preconcebidas; creyendo que es más noble morir de hambre que robar ; siendo, en suma, víctima de dos mil años de falsa cultura social, Eugenio no podía figurarse en su situación futura, sin terror y vergüenza. Una nulidad inconsciente, derivada de un obscuro pretérito hereditario, flotaba en sus medita- ciones prácticas y una concepción tan frivola cual in- genua de los deberes del hombre, hacíaple creer que sus hidalgas manos se mancharían recibiendo un duro de una mujer.

Sin embargo, una noche Luisa le dijo :

¿Quieres que vayamos á tomar algo al café de la esquina?

Vamos, repuso maquinalmente Eugenio, sin acordarse que su faltriquera estaba vacía.

La bailarina se bebió una copa de Jerez, y como ya era tiempo de llegar á Maravillas, levantóse y dijoá su amante :

MARAVILLAS 85

Ven á buscarme á las once.

Sí, repuso éste ; pero déjame una peseta para pagar. . . se me había olvidado. .. mañana te la devolveré.

j Una peseta! Luisa le dio su portamonedas, en el cual había cinco duros, y le dio también, emocionada y contenta, las más expresivas gracias por admitir lo que tantas veces le había ofrecido. Luego...

Luego sucedió lo que fatalmente tenía que suceder. (( ¡ Era indispensable, qué demonios !... ¿Acaso iba el pobre á morirse de hambre?... Y además Luisa tenía una manera tan delicada de darle dinero sin dárselo, sin hablarle de eso, dejándolo como por casualidad eii una mesa!...

Los días y las semanas transcurrieron.

Tres meses después de haber abandonado su empleo en casa de los Sres Levy, Eugenio seguía buscando un destino, pero vano con la febril actividad de un prin- cipio, sino perezosamente, á la manera de los Rodolfos y de los Marcelos que. en la novela de Murger, se pa- saban las tardes en el boulevard San Miguel esperando á la fortuna, y que sólo de vez en cuando preguntaban á un amigo : « ¿La has visto? » « ¿Á quién? » (( Á la riqueza. » « ¡ No ! » Nadie la veía, en efecto.

Los casos análogos al de Eugenio, no son raros en las grandes ciudades de placer, donde una chica guapa tiene siempre más ocupaciones de las que necesita, y donde, por el contrario, un muchacho, un muchacho

86 MARAVILLAS

trabajador, no encuentra los medios de ganar honra- damente su vida. Lo raro es encontrar, entre los que ejercen la rufianería, temperamentos como el de Eu- genio que era bueno, que era honrado y que no tenía en el alma germen ninguno de aventurero.

Al hacer la corte á Luisa, su único deseo consistió en tener una querida bonita que fuese averie de cuando en cuando y que alegrase sus domingos con la frescura, de una carcajada idílica. Algo más tarde, al deci- dirse á vivir con ella, propúsose trabajar más que nunca para conseguir pronto un ascenso y llevar una existencia casi conyugal. Pero la bailarina principió á ganar cuatro duros diarios en un concierto, trabajando durante una hora, mientras él seguía cobrando tres veces menos por un trabajo diez veces mayor ; y desde entonces sintióse humillado y triste, con menos fuerzas que nunca para la labor cuotidiana, ya casi sin espe- ranzas de conseguir algo digno de sus propios méritos.

Su alma indolente y tibia hubiérase, sin embargo, resignado á seguir siendo lo que hasta entonces había sido, si en vez de la influencia de una mujer hubiese sentido la influencia de una madre ó de un amigo ver- dadero. Y decir (( su alma » quizás es excesivo. ¿Te- nía acaso un alma? Á lo sumo un alma de mujer, flo- tante y maleable, débil y vacilante, incapaz de esfuerzos serios y de verdaderas determinaciones. El mismo confesaba que jamás había odiado á nadie ; y si hubiera sido franco para consigo propio, también hubiera po- dido decir que nunca había amado á nadie. Luisa misma era para él un simple deseo de ternura y de caricias

MARAVILLAS ' 87

que poco á poco iba convirtiendo en una costumbre. En cuanto á quererla con amor apasionado, como ella le quería á él ; con amor loco, sensual, tiránico, capaz de inspirar sacrificios y vehemencias ; con amor sin restricciones y sin razonamientos, no ; no la quería así. Y no la quería así, porque cuando así se quiere no se sabe cómo se quiere, mientras que él lo sabía : sabía que al acostarse, por la noche, su carne joven y vi- gorosa sentíase atraída por la carne de su compañera de lecho ; sabía que sus labios gozaban al confundirse con los labios amados ; pero sabía también que, por la tarde, era más agradable dar un paseo solitario ó ir á charlar con los amigos al café, que permanecer al lado de ella en la penumbra de la alcoba.

Luisa, en cambio, amábale sin saber cómo ni por qué, con toda el alma y con todo el cuerpo.

VII

Cada vez que alguna de sus compañeras le pregun- taba : ^

¿Y tú, qué haces? Noemí respondía :

Yo, nada... trabajar...

Pero no era cierto. Con su carácter vivaracho, con su gran actividad cerebral, con su deseo de no ser me- nos que las otras, la bailarina llevaba una existencia agitadísima en el fondo, aunque muy tranquila en apariencia. Una de sus más grandes preocupaciones, era la belleza de su cuerpo, belleza qye trataba de re- alzar y de completar por medio de cosméticos y de adornos.

En tanto que la toilette y el guardarropa de Luisa seguían siendo modestísimos, los de Noemí parecían vidrieras de un museo de elegancias femeninas. Todas las pastas olorosas, todas las esencias, todas las lo- ciones inventadas por la química moderna para suavizar la piel ó para hacer más abundosa la cabellera, todos

MARAVILLAS 89

los colores del iris humano, en el cual hay cien blancos diferentes, cien rosas, pálidos unos y otros encendidos, cien carmines que van del carmín claro de las mejillas al carmín profundo de los labios, y cien azules que principian en el nácar de las venas para terminar en el reflejo de ala de cuervo de las cejas ; todo lo que podía ser útil ó agradable al cuerpo, en fin, figuraba sobre el mármol de su tocador. En cuanto á sus trajes íntimos, a sus peinadores de diáfana batista ó de lige- ras sedas inglesas, á sus camisillas multicolores, ásus pantaloncillos floridos, bordados, festoneados ; á sus corsés y á sus lazos de cinta, eran tan numerosos c«mo elegantes. Cortadas conforme á antiguos y riquísimos modelos, todas esas prendas íntimas distinguíanse de la ropa que en los grandes bazares se vende, como las levitas hechas por Richard se distinguen de las com- pradas en el Puente Nuevo. Entre las camisas, espe- cialmente, había algunas deliciosas, ligeras cual si fuesen de bruma rosada, con grandes flores, que mar- cando las curvas del cuerpo, indicando cada sitio, simbolizando cada encanto, hacían á la bailarina una envoltura primaveral y perversa.

Por la mañana, al levantarse, -Noemí se pintaba el cuerpo, como otras se pintan el rostro : blanqueábase las piernas ya de por muy blancas, acentuaba' los cabrilleos nacarados de las venas, y daba á las puntas de los pechos un color vivísimo de geranio.

Es mi único defecto, solía decir á Luisa cuando ésta se reía de sus secretas coqueterías.

VIII

Pensando en su adolescencia y en sus primeros pa- sos libres por la ruta encantada de la vida, Noemí no sentía ni ternura ni nostalgia, sino únicamente un rencor muy vago contra misma, por no haber sabido guiar con más habilidad la primera barca que la con- dujo á Citeres.

Lo mismo que Luisa, Noemí era hija de una actriz, pero había tenido la desdicha de quedarse huérfana antes de cumplir los cinco años y de caer entre las manos de su tía Berta, quien la. educó, sin maldad y sin cariño, haciendo una obra de caridad familiar al mismo tiempo que un buen negocio. Porque la chi- quilla era relativamente rica. Su padre, empresario de zarzuela, dejó, al morir, una fortuna respetable, y aunque su madre, la ligera y alocada Teresita de Bufos y Variedades, hizo lo que pudo por echarla por laven- tana, todavía legó, al fallecer, una finca cuyos alquileres producían algo más de cuatro mil pesetas anuales.

Con eso, decía la parienta, se puede comer per- fectamente.

MARAVILLAS 91

Pero laiiija de Teresita deseaba algo más que co- mer : deseaba cenar en los restaurantes lujosos, de- seaba tener joyas, y tener trajes, y llamar la atención.

Siendo aún muy niña, formó el proyecto de vivir como su madre había vivido.

Irene, la antigua camarera de Teresita, iba á visitarla de vez en cuando, y le decía :

eres más linda que tu madre.

¿ Era muy linda, pues ?

Ya lo creo. ¡ Todos los hombres se morían por ella !

¿Y tenía diamantes ?

Sí, que los tenía. Tu padre la regaló una vez dos sortijas que por lo menos valían cien mil francos cada una.

¿Y carruajes ?

Uno muy pequeñito, forrado de raso amatista, con un caballo muy grande y muy blanco.

Esos días Noemí no dormía. Soñando en los esplen- dores muertos de su madre y en sus propios esplendores por venir, pasaba las noches en vela y veía volar, alu- cinada y febril, entre las cortinas celestes de su lecho de niña, una carroza de plata en la cual iba una Noemí de veinte años, bella cual una estampa y con más co- llares que la Salomé de Moreau...

Así, cuando cumplió los quince años y su tía la pre- guntó lo que deseaba hacer de su vida, fué muy cate- górica :

Quiero ser artista, dijo.

Y ni los sermones de la parienta, ni los consejos de

9^ MARAVILLAS

la maestra de piano, la hicieron cejar un punto de su empeño.

Quería ser artista y lo fué. Entró al Conservatorio y principió á apj^ender á bailar.

Una mañana preguntó á la antigua camarera de Teresita :

¿Estuvo en el Conservatorio, mi mamá?

No, repuso Irene, no estuvo. Si hubiera estado habría sido la mejor artista de Europa, pues, según los caballeros que iban á verla, nadie tenía tanto talento y tan poca escuela como ella. Pero la pobre señora no disfrutó la dicha de nacer con dinero. Sus padres, que eran porteros, apenas podían...

Sintiéndose humillada por tal revelación, la chica interrumpió á la camarera diciéndole :

Sí, ya lo sé...

Aunque en realidad nada sabía, pues para ella la ascendencia comenzaba y terminaba en la madre. En cuando al padre, era generalmente un señor muy rico que moría pronto.

Todas esas ideas iban variando conforme Noemí crecía entre chicas de su edad, en la atmósfera libre del Conservatorio. Lo único que no variaba, ni podía variar, en su alma sigilosa, era la seguridad de que el arte le produciría trajes de seda, joyas riquísimas y carruajes dorados. Susamiguitas, en efecto, hiciéronla comprender que los padres de familia son por lo ge- neral unos buenos señores que trabajan día y noche

MARAVILLAS 93

1

para dar de comer á sus cachorros ; que las artistas no son siempre ricas ; que para unaSarah hay mil Luisas France ; que en París son legión las tiples, las baila- rinas y las comediantas que se acuestan sin comer ; que la vida, en suma, no era siempre de color de rosa, y que muchas veces era gris, gris, gris sucio, gris obs- curo... Lo que nadie la dijo y que por otra parte nadie hubiera podido hacerla creer, fué que ella, Noemí, la hija de Teresita, no llegaría á ser unarica hembra fes- tejada, aplaudida, admirada... ¡ que lo sería! De- seaba serlo con toda la fuerza de su alma, y lo sería.

Su cariño por Luisa tenía por origen esa idea lija. Una tarde, cuando Noemí acababa de bailar una ga- veta, con aire de gran señora, su compañera exclamó :

¡ Parece que hubieras nacido en la corte de Luis XV ! serás una gran artista.

Macbet debe de haber visto á las hadas que le ofre- -cieron la corona, como Noemí vio á Luisa en ese ins- tante.

Desde entonces las chicas hiciéronse inseparables ; y como vivían en el mismo barrio, fueron y vinieron juntas mañana y tarde. El alma orgullosa de Noemí encontró un alma algo esclava en Luisa. El alma dulce y bondadosa de Luisa vio un apoyo en Noemí.

En una ocasión, sin embargo, estuvieron á punto de enfadarse, y fué cuando Eugenio comenzó á seguirlas diariamente. Ambas decían : (( Es por mí. » Y cuando la elegida enseñó á la otra la primera carta y

94 MARAVILLAS

el primer ramillete de violetas enviado por el galán^ la desdeñada sufrió una leve herida en su amor propio. Afortunadamente, una inmensa alegría consoló pronto á Noemí. Un caballero muy bien puesto la hizo la corte, la ofreció palacios y jardines, la dijo que la vestiría de reina, halagóla en lo más íntimo de su va- nidad^ y obtuvo así loque otros no habían conseguido, prometiéndola eterno amor: obtuvo que, una noche, la hijadeTeresita, la orgullosa, la soñadora de grandes ensueños, se embarcase en compañía suya, con rumbo á Citeres, en un cuarto de hotel, y que en cambio de sus promesas le permitiese deshojar la flor secreta de su virginidad. Luego el caballero no volvió.

IX

Juntas en Maravillas, Luisa y Noemí seguían que- riéndose mucho, aunque ya no del mismo modo que en el Conservatorio, pues mientras la primera sentíase á cada instante herida en lo más íntimo de la sensi- bilidad por las durezas de su amiga, la otra experi- mentaba también, con mucha frecuencia, crueles rasguños en su amor propio algo envidioso, por los triunfos que su compañera obtenía.

X

Todas las noches, después de cenar, Eugenio diri- gíase hacia el concierto do Maravillas, on donde artistas y empleados considerábanle ya como <le la casa. Al enirar, su priraeri visita era para el director, á cuyas órdenes se ponía humildemente. Luego iba de cuarto en cuarto, saludando á los amigos. Por lin, tomaba asiento en un rincón del saloncilk), y principiaba á charlar con los tertulianos sempiternos. De vez. en cuando Luisa sentábase á su lado, le acariciaba suave- mente durante breves instantes y luego huía de nuevo hacid el proscenio, en donde su presencia era muy á menudo indisj)ensable.

¡Cuánta suerte tienes I decíanle los humbros. Las mujeres le decían :

¡Cuánta suerte tiene tu queridit.i !

Porque Eugenio había llegado m iro/u h -i m j m-- tigio entre las chicas del teatro.

I na noche Rosalba le aseguró, en alta voz, ante todo el mundo :

JUnAVILLAS

97

- Si no estuvieras « casado », me acoslar/acontiso -- I ara eso, repuso riendo el chico, sería necesario que YO también quisiera.

~^'^^ío creo que querrías, terminó la consta, lo. nombres quieren siempre...

Luisa veía las miradas y las sonrisas que sus com- paiieras dirigían á su amante.

imante dirigía a sus compañeras.

XI

Discreto y orgulloso, Eugenio continuaba pareciendo siempre el mismo reservado caballerito sin grande> deseos y sin agudo ingenio, que sabía contentarse con las caricias deliciosas de su querida y con los goces superficiales de su vanidad satisfecha. Su alma her- mética era la misma en apariencia ; pero en el fondo había cambiado algo, ó, mejor dicho, habíase modifi- cado, por causa de la atmósfera malsana del concierto en el cual los perfumes capitosos y las triunfantes des- nudeces de las artistas, sugeríanle á cada instante vi- siones nunca antes entrevistas, oblig índole á soñar en aventuras extraordinarias.

La que mejor sondeaba el fondo de su ser eraOfelii, la sutil, la viciosa, la penetrante Ofalia que, en su deseo de corromperlo todo, no perdía ocasión de hablar con el amante de Luisa en un rincón obscuro de los pasillos y de contribuir con hábiles palabras á la transformación de un alma joven é indecisa.

¿Se divierte usted mucho en el saloncillo ? pre- guntábale á menudo la cantadora.

MARAVILLAS 99

Y Eugenio, sin saber qué decir, respondía:

No... no mucho...

Naturalmente... Un hombre como usted no puede divertirse entre señores necios y mujeres estúpidas.

¿Y á dónde quiere usted que vaya á esperar á Luisa?

Á cualquier parte, al café... ó á mi cuarto, si no tiene usted miedo de inspirar celos. Y^o también me fastidio infinitamente en el saloncillo, y si tuviese un amigo capaz de hablarme de cosas con interés... como usted... no saldría de mi celda...

Una noche, al fin, Eugenio se decidió á presentarse en el cuarto de Ofelia, mientras su querida bailaba, pensando en él, los aires bohemios de Racario. La ilustre artista encontrábase desnuda, y al oir que al- guien llamaba á su puerta, exclamó :

Estoy vistiéndome... ¿quién es?

Soy yo, repuso el chico. Perdone usted... vendré más tarde...

Reconociendo la voz de Eugenio, la cantadora abrió la puerta, y en la apoteosis dorada de su rubia desnu- dez, apareció ante é!.

Entre usted, enlre usted, que para un amigo verdadero yo no tengo nunca secretos... Entre usted...

Un silencio tan largo como penoso reinó en seguida en la reducidísima estancia. Los trajes de que Ofelia acababa de despojarse y que conservaban aún el olor

100 MARAVILLAS

de SU cuerpo, yacían sobre la alfombra, formando un nido de sedas y de encajes. Cien aromas de tocador, confundiendo sus emanaciones con el perfume feme- nino de la carne sudosa, vagaban en la atmósfera. La claridad de la lámpara cuyo globo rosado resplandecía bajo una cortina roja, daba á los espejos por su luz iluminados titilaciones carnales y vacilantes.

Uno frente á otro, el hombre joven y la mujer vi- ciosa, permanecían de pie, callados. Ésta fué la que rompió el silencio, para decir :

Usted' me dispensará que le reciba así, ¿ no es cierto?... Entre artistas no es fácil hacerse recibir de una manera muy pulcra. Luisa misma, que es tan se- ria, debe de encontrarse á veces cual yo me encuentro ahora, cuando sus amigos van á felicitarla por sus triunfos.

Eugenio no se había figurado jamás que su querida pudiese aparecer medio desnuda ante un hombre que no fuera él ; y la visión que cantadora hizo de pronto surgir ante su retina, prodiijole una inquietud angus- tiosa. — ¿Luisa desnuda?... Todo su amor propio re- belábase contra tal idea.

Instintivamente volvió la vista á la puerta, como buscando el medio de tornar hacia el sitio en donde podía encontrarse su mujercita.

Ofelia continuó :

Los hombres no piensan lo mismo que nosotras, y siendo ciegos en las circunstancias serias, conviér- tense en linces cuando en verdad la cosa no vale la pena. Los hombres son mil veces más sensuales que

MARAVILLAS 101

las mujeres. Para ellos, la que enseña la pierna es porque la ofrece y porque se ofrece, cuando realmente ni siquiera enseña nada... Porque dejarse ver, no es enseñarse. Para enseñar algo, es necesario descubrirlo con intención, levantar la falda, por ejemplo... Pero nosotras, las que vivimos generalmente desnudas, no enseñamos nada. ¿Qué hemos de enseñar si no tene- mos ningún encanto secreto ? Así Luisa, que en la vida privada es honradísima, en el teatro se desnuda todas las noches.

¿Por qué me habla usted de ella? preguntó Eu- genio, queriendo ser categórico y no consiguiendo sino mostrarse susceptible.

¿Le ofendo á usted?

]No; pero prefiero que hablemos de otra cosa. Ofelia se aproximó á él, y sonriendo con su sonrisa enigmática, le acarició las mejillas.

Soy muy torpe, dijo. Á los enamorados no seles debe decir el nombre de Ja mujer querida sino rodeán- dolo de adjetivos encomiásticos.

Después, como recitando ante el público^con la mano izquierda levantada hacia el cielo y la derecha siempre sobre el rostro del chico, prosiguió:

; No ! j no ! ¡ no se desnuda ! ¡ no se desnuda nun- ca!... ¿Desnudarse ella? ¡Jamás ! Las santas duermen vestidas, y sólo nosotras, las impuras, las pecadoras, las condenadas, ofrecemos el espectáculo escandaloso de nuestro cuerpo sin pudor á los fanáticos del Vicio... Nosotras somos la perdición y somos el ave de presa, y somos también el abismo tentador, mientras ella es

10^ iMA HA VILLAS

la paloma inmaculada, el armiño sin mancha, la som- bra blanca y protectora... Eugenio murmuró:

No me hable usted así. Yo la estimo á usted tanto como á Luisa... Pero no se burle usted de ella.

En apariencia, por lo menos, la cantadora mostrá- base poco dispuesta á reir. Sus labios crispados y sus pupilas llameantes, denotaban más bien en ella la có- lera que la ironía.

No me burlo de nadie, dijo al fin. Pero usted ¿por qué me ofende? Cuando hace un minuto le dije que esto de recibir, casi desnudas, la visita de un amigo podía sucedemos lo mismo á que á Luisa y tomismo á Luisa que á Noemí, usted creyó que la comparación era insultante para su querida.

-.¿Yo?...

Sí, no lo niegue usted... Eso se ve.

En realidad, el pensamiento de Eugenio no había ido tan lejos. Había sentido, sí, que alguien pudiera supo- ner que su querida dejábase ver desnuda por un hombre cualquiera ; mas ninguna comparación humillante para Ofelia pasó por su cerebro. Ofelia le parecía una artista admirable.

Al contrario, exclamó con verdadera sinceridad, yo la estimo á usted tanto, que me alegraría de que Luisa se le pareciese...

¿Aunque no fuera más que en eso de recibir á sus amigos sin camisa?

El chico sufrió de nuevo ante la visión de su querida desnuda: pero ya no como algunos minutos antes.

MARAVILLAS 103

¿ Aunque no fuese más que en eso ? insistió Ofelia, tomando asiento á su lado en el diván y contemplán- dole irónicamente... ;. De verdad ?

Alguien llamó á la puerta.

¡ No abra usted ! dijo Eugenio, temeroso sin saber de qué.

La cantadora sonrió, murmurando al oído de su compañero :

¡ Si fuera Luisa !

; Soy yo ! gritó Rip-Rip, llamando de nuevo á la puerta. ¿No quieres venir á cenar, á la salida?

Silencio.

Ofelia y Eugenio no se movieron. El clown se alejó al fin, diciendo en alta voz :

¡ Debe de estar con un maquinista!

La cantadora levantóse con un ademán rápido, y yendo hasta la puerta, sacó la lengua y rugió, entre dientes, un insulto contra Rip.

Eugenio se puso de pie también.

...Y la despedida fué rápida y fué helada.

XII

Al ver entrar á Eugenio en el saloncillo, Rip-Rip le preguntó, mirándole fijamente:

¿Y usted no quiere venir ?

¿Á dónde?

A cenar con nosotros. . . Creí que había usted oído. . . Cada uno paga su cena, lo mismo los hombres que las mujeres... Pero es extraordinario que no haya oído usted...

En Maravillas, como en todos los teatros, las puer- tas eran transparentes y las paredes tenían oídos. Las cincuenta personas reunidas durante la noche en el espacio pequeñísimo de los bastidores, acechábanse continuamente y empleaban más actividad en descu- brir intrigas galantes que en llenar sus deberes artís- ticos. — Cuando una pareja de enamorados iba á buscar el recato déla sombra en los pasillos interiores, era difícil que dos pupilas, brillantes de curiosa mali- cia, no turbasen, de lejos, la idílica obscuridad.

Al volver del cuarto de Ofelia sin lograr respuesta

MARAVILLAS 105

ninguna, el clown había encontrado al « telonero », que, desde luego, y sin esperar que se lo preguntaran, le dijo con quién estaba á la sazón la cantadora.

El amante de Luisa, sin embargo, no podía creer que Rip supiese de dónde venía ; y tomando por simple humorada la extrañeza de la pregunta, respondió :

Mil gracias... Vamos á acostarnos.

Luisa aseguró lo mismo. Iban á acostarse... Estaban cansados... Tenían que levantarse temprano.

(( Si yo tuviese una queridita así, díjose mentalmente el payaso, ni me levantaría nunca de la cama, ni me echaría jamás en el sofá de Ofelia. »

Luego agregó en alta voz :

Hacen ustedes bien. Las cenas no sirven sino para divertir á los que no pueden animarse de otro modo. Ustedes, que pueden gozará solas, no deben perder el tiempo, pues, al ñn y al cabo, lo mejor que un hombre y una mujer pueden hacer en este momento, es des- obedecer el sexto mandamiento.

^ ¿ El sexto? preguntó Rosalba : ¿cuál es el sexto mandamiento?

No pedir dinero á su director, repuso Ernesto Rocario, apagando las ludes del saloncillo y dando la señal de la salida.

XIIÍ

Eugenio seguía meditando sobre su visita á Ofelia^ sin lograr darse cuenta de si había hecho bien ó mal. Sus escrúpulos, más que puramente morales, eran prácticos, y lo que en realidad preocupábale, no era saber si resultaba pecaminoso visitar auna actriz dest- nuda, sino formarse un idea justade las probabilidades que había de que su mujercila no lo supiera nunca. Porque eso sí: no quería, de ningún modo, disgustarla,

Al comenzar á desnudarse, cuando Luisa, con los brazos descubiertos, se aproximó á él y le acarició tiernamente cerca del lecho, otra duda hizo trabajar su cerebro. « ¿Sería verdad lo que Ofelia le dijera dos horas antes ? ¿ Podría ser cierto que su querida recibiese en camisa á los caballeros que la iban á felicitar? »

Al cabo de un largo rato de cavilaciones, decidióse á preguntarlo; pero la fórmula interrogativa le detuvo. ¿Cómo hacer esa pregunta, en efecto? Si decía sim- plemente : (( ¿Te enseñas en paños menores? » la otra respondería : « no... » Lo mejor era buscar un

MARAVILLAS 107

medio indirecto, algo que pareciera una generalidad, una frase sutil que envolviera en sus redes á todas las artistas de Maravillas... Al fin se atrevió, y dijo :

Lo más fastidioso para ustedes, debe de ser eso de recibir visitas en el momento de vestirse.

¿En el momento de vestirnos? exclamó Luisa. Eso sólo Rosalba y Ofelia lo hacen... Nosotras jamás.

La respuesta produjo una impresión consoladora en el alma del chico.

La bailarina continuó :

La pobre Rosalba lo hace por sencillez y casi sin notarlo, mientras que Ofelia lo hace intencionada- mente, para excitar á los que llegan á visitarla. Yo nunca la he visto desnuda ; pero dicen que es muy linda y que, aunque parece flaca cuando está vestida, no la es en la intimidad.

Eugenio pensó : « En efecto, no lo es. » Y la imagen esbelta y rubia, delgada á la vez que carnosa, con de- licados contornos de pecho, con finas curvas de cade- ras y de piernas ; la imagen casi dorada á la claridad del gas, casi adolescente en su delicadeza de líneas ^ la imagen bellísima que, por causa de la timidez y del desconcierto, no pudiera admirar á su antojo en la realidad de la aparición, surgió de nuevo en su re- cuerdo, y íué precisándose con toda la complicidad tentadora de sus detalles y de sus encantos. Allí estaba Ofelia, obsesionante y solícita... Allí estaba, de pie ante sus ojos cerrados, levantando una mano para de- jar ver los rizos menudos del sobaco, y acariciándole

108 MARAVILLAS

con la otra mano las mejillas... Allí estaba, irguiendo los pechos de afilados y purpurinos pezones. . . cruzando las mórbidas piernas... inclinándose ligeramente hacia la derecha para que uno de sus muslos pareciese más amplio y más redondo... Allí estaba...

¿En qué piensas?... ¿ Por qué no te acuestas?...

Eugenio volvió la vista hacia el lecho y pudo con- templar á Luisa, desnuda cual la imagen que su me- moria acariciaba, estirándose voluptuosamente con movimientos perezosos y felinos sobre una manta de seda cuyo color de rosa primaveral avivaba los tonos suaves de su cuerpo joven, de su cuerpo rítmico, de su admirable cuerpo de Venus moderna, menos perfecto que el de las clásicas Afroditas, pero más coqueto, más abundante en morbideces provocadoras, más afrodi- siaco, en fin.

Es verdad, repuso ; espérame un segundo.

Y jurándose á mismo que no volvería á pensar en otra mujer mientras aquélla fuera suya, acostóse en seguida y calmó su sed de caricias á grandes sorbos glotones.

-«<►

X[V

Durante toda una semana, Eugenio no quiso llegar al concierto sino á eso de las once de la noche, cuando ya su querida había acabado de bailar y le esperaba en el saloncillo, en medio de todos los artistas con- gregados. (( De ese modo, decíase, Ofelia no tendrá ocasión de. hablarme á solas. » Y, en efecto, no las tenía ó al menos no las tenía como antes, y se veía obligada á indicarle por medio de expresivos apretones de manos y de lacónicas indirectas, su deseo de vol- verle á recibir en la soledad de su cuarto.

El único que comprendía bien la pantomima discreta y hábil de la mujer de rapiña revoloteando en derredor de la presa elegida, era Rip-Kip, el clown filósofo, el observador perspicaz, el pobre hombre que conocía el alma de los otros y desconocía su propia alma, el hazme reir melancólico que, siendo bueno para con el resto del universo, era cruel para consigo mismo. Kip- Rip adivinaba los deseos y las intenciones de Ofelia. Rip-Rip comprendíala cobarde indecisión de Eugenio.

lio MARAVILLAS

Y Rip-Rip padecía ante esos dos seres, figurándose que más larde ó más temprano ¡ siempre demasiado temprano! harían padecer á Luisa; y que Luisa lloraría á causa de ellos, con sus divinos ojos negros... y que él, Rip-Rip, lloraría también, entonces, sin gozar siquiera del consuelo de hacer ver sus lágrimas, y te- niendo que esconderse para que los demás no se bur- lasen de su dolor inexplicable.

Porque verdaderamente, ¿con qué derecho tomaba tan en serio los asuntos de la bailarina, él que no era ni su hermano, ni su amante, ni su padre; él que ni siquiera la conocía más que los demás artistas ; él que, en suma, no era nada de eUa... ¿. nada?... Esta última palabra le hacía daño: ¡ nada!... Y, sin embargo, con- tenía una verdad: ¡nada!... Él no era nada de ella, ni tenía tan siquiera por qué inmiscuirse en el secreto de sus futuros dolores y de sus problemáticas lágrimas porvenir...

(( j Ah ! ¡si hubiera sido algo de ella ! » Pero al mismo tiempo que esta exclamación, una inquieta pregunta venía á sus labios: (( ¿Algo?... ¿Qué?... )) La voz burlona de Ofelia murmuraba: ¡ Su amante!.. Los hombres no pueden ser más que amantes de las mujeres... Amantes viejos que pagan... amantes jóvenes que cobran... siempre amantes... querrías acostarte con ella... ¡ Anda !... Y lo demás es música celestial para engañarnos y para engañarte. » (( No, respondía Rip, lo que yo deseara, si fuese posible desear esas cosas, es ser algo como su hermano mayor, poderla ver á menudo y á veces ¿por qué no? también darle un beso en las mejillas. »

MARAVILLAS 111

Si el clown hubiera visto algo más profundamente en su alma, habría notado que su deseo de besos no se detenía en las mejillas, sino que iba más lejos: hasta los ojos, hasta los labios... más lejos aún: hasta el cuerpo y habría visto, asimismo, que su cariño no tenía por objeto á la querida de Eugenio, sino á Luisa, á la bailarina, á la hembra joven... Y habría visto ade- más — ¡ con cuánta tristeza ! que su temor de que Ofelia consiguiese el triunfo de sus codicias carnales, no procedía de un benévolo deseo de evitar dolores, sino de un vago miedo de escándalo que pudiera alejar á la mujer amada del concierto en donde la veía diario.

Dos ó tres veces, en realidad, al contemplar á la bai- larina, casi desnuda en sus trajes de teatro, vibrando ante el público y sonriendo con sus labios de flor, el clown sintióse deseos de precipitarse al escenario y de estrecharla con pasión entre los brazos. Mas siempre, en esos instantes, la hipocresía inconsciente de su alma supo atribuir tales impulsos á falaces pretextos de ca- lor excesivo y de alucinación artística.

Ofelia, en cambio, comprendía perfectamente, con la clarividencia del vicio, lo que en el alma de su com- pañero pasaba, y disponíase á aprovechar su psicoló- gico descubrimiento en beneficio de íntimos deseos.

Una noche dijo al clown :

¿Quieres que nos los repartamos?

¡Repartírselos !.. El interrogado no comprendía, ó, mejor dicho, no quería atreverse á comprender.

112 MARAVILLAS

¿Repart''rnoslos? repuso con asombro... ¿Qué?..

A los chicos. te la llevas á ella y yo me quedo con él.

Rip-Rip no pudo contenerse^ y con tono verdadera- mente indignado, dijo :

Lo que me propones es al mismo tiempo una in- famia y una tontería. Ese chico tiene una querida guapa y no ha de cambiarla por una merluza seca como tú. Déjale tranquilo: no sigas persiguiéndole con tus son- risas pintadas y con tus sobijos indecentes ; no forres de ridículo tu manto de perversidad... déjale... Si es- tuvieses enamorada de él, se comprendería ; mas por un capricho imbécil, no. ¿Acaso faltan mozos guapos en la calle? ¿Ó ya no encuentras á nadie para hacerte el favor?...

Encuentro más de lo que quiero, pero eso no me basta. Necesito á Eugenio...

Las pupilas de Ofelia resplandecían de tal modo, sus labios vibraban tan febrilmente, que el clown se sintió inquieto, y moderando el tono de su voz, la preguntó :

¿Estás enamorada de él?

Sí, estoy enamorada de él. Después, con acento frío :

Y no lo niego, porque no soy hipócrita como tú, que estás chocho por Luisa y lo ocultas.

No... yo no.

Sí..., no mientas. ¿ A qué me importa ?... ¿acaso soy yo su madre?... Te encanta y la adoras... Yo también adoro á su amante, con todo el ardor de que soy capaz...

MARAVILLAS 113

Poco á poco, en efecto, el deseo en un principio muy frivolo de entregarse á Eugenio, había ido convirtién- dose para Ofelia en necesidad imperiosa, en enfermizo capricho que la hacía sufrir físicamente y que, ocu- pando toda su existencia sentimental, dominaba su organismo y llenaba sus noches de lascivos ensueños. Acostumbrada á vencer sin dificultad en las luchas del flirt elegante y de la baja coquetería ; acostumbrada á hacerse desear por adolescentes y ancianos ; acostum- brada á atraerlos á todos con el prestigio de su belleza especial y de su singular leyenda, sentíase humillada por la poca atención que en sus reclamos ponía el amante de Luisa ; y si al decir que le adoraba, mentía, no así al asegurar que tenía necesidad de él. Porque esa era la palabra : (c necesidad » necesidad fisio- lógica para calmar sus sentidos hambrientos ; necesidad sensitiva para calmar su inquietud interna; necesidad vanidosa para cicatrizar las heridas de su amor propio.

ÍC+3F

5^

XV

Entretanto, Eugenio seguía huyendo.

Huía de su debilidad, de su deseo de aventuras, de sus tentaciones sensuales, de su orgullo ingenuo y de sus indelebles recuerdos.

Huía de la cantadora y huía de sus propias incerti- dumbres.

Muy frecuentemente, en los instantes de soledad, mientras Luisa asistía á los ensayos, ó durante las ho- ras de ensimismamiento pensativo, la silueta dorada é impúdica de Ofelia se destacaba en su cerebro, y resbalándose por entre sus vaporosos pensamientos, cual una víbora finísima y casi fluida, iba hasta el fondo de su ser y le acariciaba las entrañas con las puntas envenenadas de la lengua.

Los únicos momentos verdaderamente tranquilos de que el pobre chico podía gozar, eran los de la noche, pues entonces, al lado de su querida, embriagándose con goces eróticos, olvidaba su larga cesantía, su si- tuación vergonzosa y sus inquietudes de alma.

XVI

1

Eres un modelo de puntualidad, dijo el director á Ofelia al encontrarla en el saloncillo más temprano que de costumbre.

Sí, repuso la cantadora volviéndole la espalda y yendo á colocarse frente al espejo.

Me parece que no tienes ganas de charlar.

No.

¿Q"^ pasa?

Nada.

Y el (( nada » fué dicho de un modo tan seco y tan categórico, que Rocario no se atrevió á continuar su interrogatorio y salió de la estancia renegando, entre dientes, contra los nervios de las mujeres bonitas.

(( ¡ Cargue con ellas el demonio ! murmuraba : un día parecen cotorras y al día siguiente no hay medio de decirles una palabra sin contrariarlas... Por eso no hacen nunca fortuna... j Si yo fuera mujer... si yo fuera mujer!... »

116 MARAVILLAS

En el escenario, dos equilibristas yankis contratados la víspera, trataban de llamar la atención del público con la rapidez extraordinaria de sus ejercicios. Las botellas de cartón dorado, las bolas negras y los cu- chillos de aluminio, volaban entre sus ágiles manos, formando, en el espacio, al entrelazarse, al chocarse, al esquivarse, complicadísimos arabescos. Luego los platos de barro, pesados y sonoros, iban y venían, de un extremo á otro, cruzándose sin encontrarse, aumen- tando en velocidad á cada instante, siendo más nume- rosos de segundo en segundo y describiendo más atre- vidas curvas á medida que el tiempo transcurría, hasta llegará producir una impresión sobrenatural de verti- ginoso movimiento.

Los espectadores, sin embargo, no aplaudían ni mucho ni poco, y la gran sala del concierto presentaba el aspecto desolado de una junta patriótica en época de tranquilidad política. Aquí y allá, algunos caballeros engolfábanse en la lectura de los periódicos de la tarde. El cuchicheo continuo de las mujeres, llenaba el es- pacio con un murmullo de colmena. Todo el mundo, en fin, parecía estar en el concierto, no para ver á los equilibristas, sino con objeto de esperar algo mucho más interesante. En los palcos, las señoras charlaban sin recato.

¿Ha oído usted las nuevas canciones de Ofelia?

No. Dicen que son terribles.

Gomo todas las suyas.

Me habían asegurado que eran más inmorales aún.

¿Y las hermanas, qué le parecen á usted?

MARAVILLAS 117

¿ Las bailarinas ?

Sí. Yo no qué es lo que bailan ahora.

Yo tampoco. Y qué graciosas son, ¿verdad?

¡ Y qué artistas !

Ahora creo que va á venir el clown.

A no me gustan los payasos.

Á la edad de usted, tampoco á me gustaban. -- ¡ Calle ! Como si no fuera usted menos joven que

yo...

¡Aduladora!... Rip-Rip tiene mucho talento.

Y el barítono, ¿qué le parece á usted ?

Muy buen mozo.

¡Y qué voz ! A me penetra...

¡ Ah!

Sí... Me hace como cosquillas en el alma.

¿Nada más que en el alma ?

No sea usted mala...

Hablando del rey de Roma...

Es verdad, aquí viene...

Los ejercicios de los americanos habían terminado en medio de la indiferencia general y Lorenzo, el ba- rítono de las romanzas melosas y de los bigotes con- quistadores, aparecía en el escenario saludado por un rumor admirativo de las espectadoras. Alto y delgado, con los ojos muy negros y la nariz muy recta, con la cabellera abundosa, con los labios sonrientes y la den- tadura blanquísima, el cantor seducía á todo el mundo con su presencia.

118 MARAVILLAS

Cantó durante media hora, llevándose á cada instante las manos enguantadas al corazón, entornando los pár- pados, imitando el arrullo de la tórtola, repitiendo sin cesar las frases monótonas del repertorio de su género, pero diciéndolas con tal ternura, con tal altivez, con tal fuego, que parecían dirigidas á todas las mujeres de los palcos. Fué el trovador medieval, el paje ren- dido, el amante tímido, el novio quejumbroso... Dijo la poética habilidad de sus caricias, la languidez de sus besos, el triunfo de sus espasmos. Fué D. Juan de- cadente y fué Romeo de frac. Bogó en la barquilla del amor hacia los palacios encantados en donde las cas- tellanas burlan la vigilancia del señor celoso ; escaló conventos y torres, en ligeras escalas de seda ; disputó su presa á los piratas raptores de cristianas. Y luego, cuando hubo hecho cosquillas en el corazón (¿nada masque en el corazón?) á las espectadoras; cuando hubo enumerado á sus dulcineas ; cuando todas las mujeres, desde la princesa altiva ala que pesca en ruin barca, hubieron recibido el galante homenaje de su pasión liviana, retiróse por el foro, haciendo innume- rables reverencias.

Noemí, que le esperaba detrás de una montaña J( cartón, entre las bambalinas, recibióle con un beso ei los labios y le condujo aun extremo discreto, diciendo muy quedo :

Te adoro... te adoro... Eres bello como un Dios... Yo seré tuya toda la vida... Pero no me quieres.

¡Oh, sí!... repuso Lorenzo: ¡con todo mi cora- zón !...

MARAVILLAS 119

Y el tono de su voz, generalmente fatuo, fué muy natural y muy sincero.

La bailarina le estrechó entre los brazos y hablándole al oído, prosiguió :

¿De veras ?... Es necesario que seamos muy dis- cretos... ¿No has dicho nada tú?

Nada.

¿Me lo juras ?

Por todo lo que quieras.

¡Qué bueno eres !.. Ahora más que nunca es in- dispensable que nadie conozca nuestro amor.. . El duque va á venir esta noche... ¿No estás celoso ?

El barítono se contentó con sonreír. No ; no estaba celoso. ¿Cómo había de estar celoso de un vejestorio semejante? Al contrario, estaba orguUosísimo.

Los pasos de un maquinista les obligaron á separarse y á volver, cada uno por un lado, hacia sus cuartos respectivos : él, con objeto de recobrar la levita ordi- naria ; ella, para principiará vestirse de paje. Alo lejos, Noemí vio la delgada silueta de Ofelia destacán- dose en la penumbra del corredor...

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XVII

Una hora después, la cantadora estaba aún en el mismo sitio. A los que al pasar junto á ella preguntá- banle lo que allí hacía, ¡ tan sola ! respondíales :

Nada... Tengo dolor de cabeza... Estoy huyendo del ruido y de la luz.

Mas no era cierto. Al colocarse en el corredor, junto á la puertecilla baja y obscura que daba acceso al ves- tíbulo interior del concierto, habíalo hecho con la mira de ver un momento, sin testigos, á Eugenio y de obli- garle á aceptar una cita.

(( Cuando entre díjose le hablaré con fran- queza. )) Y en seguida principió á pasearse sin cejar un punto en su resolución, sin atormentarse el cerebro con los mil proyectos de discursos que los enamorados preparan en análogas circunstancias, sin pensar en combinaciones ni en artimañas.

Dieron las diez y media. Las bailarinas principiaron á bailar, como todas las noches, la larga pantomima

1

MARAVILLAS

121

bohemia cuyo éxito, cada día más grande, hacía que Rocario se inflara de vanidad como autor y de satis- facciíjn como empresario. Todo era para él : los aplau- sos y el dinero. Por primera vez en su vida, pagó una quincenasin encolerizarse demasiado, diciendo apenas, cada vez que un artista se acercaba á la caja : (( ¡ Us- tedes me arruinan ! », y no pudiendo contener una sonrisa de satisfacción al ver que jamás el negocio ha- bía sido tan floreciente.

Cinco minutos después, el querido de Luisa apareció en el umbral de la puerta.

Una palabra, díj ole Ofelia, oiga usted una palabra. El chico, cegado momentáneamente en la penumbra

del pasillo, que, para los que venían de la gran sala iluminada ágiorno, resultaba sumido en una completa obscuridad, no reconoció de pronto á la mujer que á él se dirigía. Aproximóse, y al verla de cerca, no pudo menos de exclamar con asombro :

¡ Usted !...

Sí... yo... Necesito decir á usted algo muy im- portante y le esperaba. ¿Le incomodo á usted?

No, de ning.iin modo ; al contrario ; pero ¿quiere usted que hablemos aquí?

Aquí pueden vernos. Mejor es que vaya usted á esperarme allá dentro...

Con mucho gusto; ¿en dónde?

En el almacén, al lado derecho, ya usted sabe... Yo llegaré dentro de un instante... Vaya usted en se- guida...

122 MARAVILLAS

Eugenio obedeció, sintiendo en el fondo del alma un inmenso goce al ver que sus deseos de aventuras se realizaban casi á su pesar, y que la mujer cuyo cuerpo dorado apareciera con frecuencia en sus en- sueños, venía á él sin ser llamada. « Al fm y al cabo, díjose al encontrarse solo en el almacén de los acce- sorios teatrales, cualquiera, en mi caso, haría lo mismo. )) Los trapos amontonados en los rincones exhalaban un penetrante olor de humedad; y de las pelucas femeninas, de las cintas de las comparsas, de la infinidad de objetos íntimos que las coristas habían impregnado de sudor y de perfumes, desprendíase un vaho especialísimo.

Eugenio buscaba aún un asiento, cuando Ofelia llegó luisla él y le condujo hacia un extremo casi obscuro, á donde los rayos de la lámpara suspendida á la en- trada no llegaban sino atenuados y moribundos ; allí descorrió una cortina de terciopelo carmesí y le hizo sentaise á su lado, en un tálamo imperial hecho con cuatro cajones de [tino cubiertos de papel de oro, y en cuya parle superior veíase una corona de cartón, sostenida por varios alambres en forma de heráldicos lambrequines.

¡ Ecgenio ! murmuró la cantadora, tomando entre sus manos ardientes las manos teniblorosas de su compañero.

El chico no se movió. Una emoción extraña hacíale incapaz de articular la más insignificante frase. No era que tuviese miedo, no ; Luisa no podía sorprenderles en tal sitio; y además estaba ocupada. Taiii|)Oco era

MARAVILLAS 123

por timidez. Desde el día en que el cuerpo dorado ha- bía aparecido ante él sin cendales por vez primera, toda ingenuidad asustadiza íué desapareciendo de su espíritu á causa de las familiaridades de Ofelia. Era sencillamente por cierta nerviosidad natural que le obli- gaba á preferir, sin darse cuenta de ello, en todas las circunstancias de la vida, el papel pasivo y casi feme- nino á la iniciativa y á la acción. Durante toda su existencia, en efecto, sólo un día buscó él mismo una aventura : al hacer la corte á Luisa, al seguirla por las calles mañana y tarde, al escribirla una carta, al darla una cita, en fin.

Ofelia repitió, acercándose á su vecino hasta rozarle la oreja con los labios :

¡Eugenio!... ¡Eugenio!... Desde que usted vino á verme, hace una semana, no he dejado un solo ins- tante de pensar en usted, y usted ha sido ingrato, pues no sólo no me ha buscado de nuevo, sino que ha hecho lo posible por no encontrarse á solas conmigo... Yo estoy loca por usted... verdaderamente loca... tan loca que, renunciando á las coqueterías, le he llamado con objeto de decírselo... Ahora puede usted marcharse... Lo único que deseaba era que no ignorase usted loque sufro... ¿No se va usted?...

El chico seguía inmóvil en su sitio, bajo la imperial corona de cartón, en la penumbra preñada de olores malsanos. ¿iMarcharse? No. Ya que estaba allí, pare- cíale ridículo irse sin obtener algo, un beso por lo me- nos, y luego una promesa para más tarde. La visión de las elegantes formas un día vistas y mil veces soña-

124 MARAVILLAS

(las; la visión rubia, alta, elegante, surgió de pronto en el fondo misterioso del almacén.

¿No se va usted? Haciendo un esfuerzo, repuso :

- ¿Ya?...

La cantadora le cogió entre los brazos como á un niño, y echándole la cabeza hacia atrás, besóle en los ojos y en el cuello, magullóle la boca con su boca, prendióse á él cual una sanguijuela, chupándole las mejillas, cebándose contra sus labios...

Eugenio permanecía inerte.

Ofelia se arrodilló ante él, le acarició las piíirnas, posó los labios sobre sus botas, y con manos crispadas por el deseo, desabrochóle todos los botones, hasta poder introducir el brazo por entre las vestiduras para acariciarle el pecho, la cintura, los muslos... Más que una mujer, parecía una fiera. (>jn la cabeza, brusca- mente, haciendo un movimiento de toro enfurecido, derribóle sobre las tablas del lecho imperial, y sació en su cuerpo medio desnudo, con labios de ventosa, la sed de carne joven, de goces perversos, de lujuria de- voradora, que desde hacía una semana la aguijoneaba. Al cabo de algunos minutos, cuando el chico, enlo- ((uecido, quiso incorporarse, una mano de hierro le detuvo por el cuello sobre el tálamo y le obligó á aceptar por fuerza el placer, intenso como una llama y agudo como una corriente eléctrica, que los labios hambrientos de Ofelia le imponían.

XVIll

Al entrar una liora más tarde en el saloncillo, con los ojos rodeados de profundas ojeras negras y el ce- rebro vacío, Eugenio encontró la mesa central, que por lo común sólo soportaba el peso de unas cuantas ilus- traciones teatrales, cubierta de copas en cuya superíicie hervían las áureas burbujas del champaña.

Vienes muy tarde, díjole Luisa, ofreciéndole su copa aún intacta.

Un caballero calvo y seco, de rostro moreno y de afdadísima nariz, hablaba con Noemí que, por excep- ción, conservaba aún su vestido de paje, sus ajustados pantalones blancos, sus medias de seda color de rosa, sus cabellos recogidos hasta la nuca, y que, vista de lejos, parecía un andrógina.

¿ Quién es ese caballero ? preguntó Rip-Rip yendo á sentarse en el fondo.

Lorenzo le contestó con orgullo :

Es el duque de Kiosnegros, un grande de Portu- gal, senador en su tierra y millonario en todas partes.

i Ah! exclamó el clown.

126 MARAVILLAS

Y tomando una copa, sin que nadie se la ofreciera, dijo en voz alta :

¡ A la salud de su alteza y de su paje ! El duque se puso de pie y dio las gracias.

¿No es Ofelia la que canta?... preguntó Rosalba creyendo oir la voz aguda de la artista.

No, repuso alguien, Ofelia está enferma.

¡ Pobrecita ! murmuraron varias personas á la vez. Eugenio se sintió emocionado. ¿ Sería verdad que

estaba enferma? ¿Y de qué? ¿ Por culpa suya acaso?..

Lorenzo principió a llenar de nuevo las copas y á ofrecerlas á los circunstantes como para hacer ver que hasta cierto punto era él quien obsequiaba.

Rosalba llamó á parte á Luisa y á su amante para enseñarles dos botellas que tenía escondidas bajo la falda.

Me las acabo de robar, dijo ; vengan ustedes á mi cuarto, y nos las beberemos los tres solos... Pero trai- gan sus copas, porque yo no tengo más que un vaso.

Luisa se echó á reiry consultó á su amante con una mirada.

Vamos, contestó Eugenio para quien el champa- ña, tomado en grandes cantidades, representaba el lujo de las bacanales.

Rip-Rip, que seguía con la vista sus movimientos desde lejos y que comprendió que se trataba de alguna broma chistosa, acercóse á ellos. Al saber el objeto del conciliábulo, invitóse á mismo con regocijo.

MARAVILLAS 127

Luisa no tomó sino una copa^ y el clown, por imitarla, fué también sobrio. Eugenio y Rosalba dieron fin de las botellas en menos de cinco minutos.

Al volver al saloncillo, presenciaron un espectáculo que les hizo sonreír. El duque explicaba áNoemí cómo había conseguido ganar una batalla empeñadísima contra los republicanos :

Yo estuve seis horas hablando, y si no hubiera sido por mí, todo se pierde, pues la lucha era terrible y en un momento dado los ministros llegaron á temer un desastre. Mis enemigos me cogían por las mangas para hacerme cejar.

Lorenzo preguntó :

¿ Entonces vuestra señoría estaba cerca de sus enemigos ?

¡ Yalo creo ! ellos estaban donde usted está, como si dijéramos, y yo aquí.

Un rumor de admiración celebró estas últimas pa- labras, pues los artistas creían que se trataba de una batalla verdadera, cuando, en realidad, el duque se refería únicamente á una lucha parlamentaria.

Noemí dijo á Luisa en el momento de despedirse :

Este es el viejo de quien te he hablado. Es millo- nario y está loco por ; mañana vengo en coche propio.

¡ Ojalá !

Seguro, hija mía. Ahora mismo acaba de pre- guntarme si le permito que me acompañe hasta casa. Yo le he dicho que sí. ¿No te parece bien hecho?

Sí, muy bien.

128 MARAVILLAS

En realidad, lejos de parecerle bien, parecíale muy mal. Como todas las sensitivas enamoradas, Luisa creía que una mujer no tiene derecho á venderse sino en casos muy graves y sólo para no morir de hambre... Pero su amiga no estaba en esas circunstancias, sino que, por el contrario, casi era rica con sus ochenta duros de renta y los ciento veinte que en el concierto ganaba. ¡ Mil pesetas al mes !... ¿Qué más quería ?

I

TERCERA PARTE

Hacía más de un mes que Ofelia y Eugenio se veían casi todas las noches en el almacén de Maravillas, bajo la corona de cartón dorado del gran lecho imperial. El chico llegaba á las diez en punto y, escondiéndose por los pasillos llenos de antiguas decoraciones, diri- gíase haoia el almacén, cuya llave llevaba siempre en el bolsillo en su calidad de secretario suplente del concierto.

Porque Eugenio tenía ya un empleo, que la canta- dora le había conseguido. Era escribiente de Rocario, con treinta duros de sueldo al mes, y trabajaba cuoti-

9

430 MARAVILLAS

dianamente, délas dos alas seis de la tarde, en copiar programas, en preparar elencos, en poner en limpio las cuentas de los artistas y en responder á los que dirigían solicitudes ü ofertas. Al nombrarle, dándole el título pomposo de (( secretario », el italiano había jurado que hacía un sacrificio; mas, en realidad, lo único que hacía era un ahorro de ciento cincuenta pe- setas mensuales, pues el secretario verdadero, que cobraba sesenta duros, hallábase con permiso indefi- nido y probablemente no volvería nunca.

Como sucede por lo general, en casos análogos, todo el mundo se había enterado de la traición deque Luisa era víctima, y sólo la engañada la ignoraba. ¿Quién se lo había de decir? Kip-Rip callábase por caridad y liosalba por miedo, á pesar del deseo qué ambos tenían de jugar una mala partida a la cantadora orgullosa y perversa. Los demás guardaban el secreto por indife- rencia, creyendo que nadie debe meterse á redentor si no quiere exponerse á salir crucificado ; y en cuanto á Noemí, contentábase con decir que (( no lo creía », que (( no podía ser », sin ahondar en el misterio, y conformándose á las doctrinas magnánimas de Lo- renzo, que creía que es una infamia abrir los ojos á un ciego para no ofrecerle sino el espectáculo horrible del mundo.

Noemí tenía, además de esas, otra razón para no cometer el acto valiente, franco, brutal, de descorrer la cortina de la realidad ante su pobre amiga : y era

MARAVILLAS 131

la amargura que la había dejado en el alma la huida vergonzosa de su noble portugués.

Durante toda una semana, en efecto, el senador de las grandes luchas contra los republicanos acompañóla casi á diario á la salida del concierto, y dos ó tres veces aceptó noblemente la hospitalidad que ella le ofreciera en su lecho, diciéndole :

Yo querría verte en un palacio y no en este cuarto, porque tu belleza espléndida merece un cuadro de oro, como los retratos de las reinas que sonríen en los museos. Si no temiera ofenderte, yo mismo te ofre- cería tal cuadro.

no me ofendes nunca, hermoso moreno de mi corazón, respondíale Noemí. Contigo iré á todas partes.

j Pero es que soy portugués !

Por eso te quiero más aún : porque eres portugués y noble.

¿Sabes acaso lo que es ser portugués? Nosotros venimos del desierto, como Ótelo, y nuestras mujeres infieles acaban cual Desdémona.

Yo te adoraré toda mi vida... con toda mi alma...

;No!

Sí... sí... Te lo juro...

¡No!

Una noche, al fin, el senador se dejó convencer de la futura fidelidad de su querida, y la ofreció para el día siguiente una entrevista seria, en la cual combina- rían un verdadero y suntuoso rapto.

132 MARAVILLAS

¡Con qué júbilo esperaba la bailarina el momento de la cita! Desde muy tempranito principió á perfu- marse el pecho, el vientre, las piernas, con más cui- dado que de costumbre, por si era menester firmar desnuda el contrato. Sus más ricas camisas, las que la envolvían en flores haciéndola un íntimo velo prima- veral, parecíanle miserables para la circunstancia, y en cuanto al traje, ninguno se la antojaba digno del duque. Al fin de muchos ensayos solitarios ante el descontentadizo espejo, resignóse á endosar un vestido de muselina de seda, enteramente blanco, con cuatro volantes de diáfano encaje que bajaban desde la cin- tura, formando una sobrefalda ligera y móvil, con un talle, casi transparente, á través del cual se percibían las rosas de los senos y el alabastro de los brazos...

¡ Estoy aceptable ! díjose al fin. m

Y en verdad, así vestida, con la cabellera rizada en í amplias ondas de oro, con los ojos brillantes de ale- gría, estaba más bella que nunca y más que nunca provocadora.

La entrevista debía verificarse á las dos ; pero media hora antes, habiendo apenas almorzado, la bailarina tomó posesión de su chaise-longue y, contando los mi- nutos, esperó...

...Y dieron las dos, y luego dieron las tres, sin que nadie fuese á buscarla. Á las cuatro, ya en el paroxismo de la impaciencia, dirigióse á su alcoba con el objeto de leer de nuevo la tarjeta en que el duque mismo es- cribiera la víspera la hora de la cita, y que se hallaba depositada en un guarda joyas de cristal, sobre la chi-

MARAVILLAS 133

menea. ¡Ni tarjeta, ni alliajas!... El pseudo senador había levantado el vuelo, al retirarse en la madrugada, llevándose un reloj de oro y una sortija de esmeraldas.

Por la noche, en el saloncillo, Lorenzo quiso conso- larla, y la dijo :

Ya sabía yo que ese portugués era un griego... Lo conocí en que tiene acento portugués... Otra vez...

Una bofetada le cerró la boca. Todo el muudo se echó á reir, mientras el pobre barítono, con el rostro escarlata de vergüenza y de cólera, murmuraba, tra- tando de sonreír:

Yo soy el que paga las esperanzas rotas... Peor para mí... Al fin y al cabo nadie me obliga á meterme en lo que no me importa... Cuandouna amiganuestra pierda un príncipe ruso, no me pondré al alcance de su blanca mano...

De eso hacía veinte días.

... En apariencia Noemí estaba ya consolada; pero siempre conservaba la sensación humillante del en- gaño, y eso la hacía mirar con cierto gusto el engaño de que los demás eran víctimas. « Á pensaba nadie me dijo que el duque era un simple ladrón. ¿ Por qué he de decirle yo á Luisa que su amante es un ru- lián? ))

Una noche, Rip-Rip llamó aparte á Ofelia y la dijo:

¿ Es cierto que Eugenio es tu amante ?

134 MARAVILLAS

No, mi amante, no ; es el amante de tu ídolo.

Rosalba te ha visto con él, dos ó tres veces, en el fondo del almacén.

Eso no quiere decir que sea mi amante...

En fin, lo que te pregunto es que si el chico y tú...

¿Nos acostamos á veces juntos?

Sí.

De cuando en cuando...

Yo no te había creído nunca verdaderamente mala. Tu leyenda de grandes vicios y de aventuras te- rribles,'^ parecíame un medio de llamar la atención. Hoy veo que es real... que eres innoble... que tratas de hacer daño por mero gusto de hacerlo... que no tienes entrañas, ni sentimientos... ni...

¿ Ni qué ?

Ni nada... ¡ Eres un monstruo !

Muchas gracias... Y no hay de qué. El muchacho me gusta y yo le gusto. ¿ Por qué no hemos de hacer algo más que mirarnos y sonreimos?... debieras tratar de arreglarte con Luisa, puesto que estás loco por ella y no la dejas sola un momento. ¿ Quieres que te indique un medio de conseguir sus favores? l^iies no tienes más que decirla que su amante y yo la en- gañamos... y luego consolarla... en la cama...

El clown se alejó, volviéndola la espalda con des- precio y repugnancia. Como observador, había visto la inconsciencia casi infantil con que Eugenio se dejara seducir por la mujer viciosa que supo ofrecerse impú- dicamente desde luego y que, enseguida, le reveló las más bajas locuras del placer carnal. Para él, como

MARAVILLAS 13^

para casi todo el mundo, el querido de Luisa era uii tímido vanidoso, sin sentido moral y sin inteligencia ninguna, que vivía con una mujer por costumbre y que, por orgullo, la engañaba con otra, sin querer pro- ÍLindamente á ninguna de las dos. Una cólera ciega atormentaba al clown, que hubiera querido, en sus ímpetus de honradez sentimental y de adoración por la bailarina, encontrar juntos á Eugenio y á Ofelia, para apalearles como los campesinos apalean, en las rutas estivales, á los perros que ayuntan bajo el sol canicular...

II

Una noche Rosalba, cuyo cuarto estaba situado en el fondo del escenario, vio entrar en el almacén á Eu- genio y á Ofelia enlazados por el talle.

(( Son unos indecentes », pensó. Y una idea defini- tiva que su bondad de alma, su cariño por la bailarina y su deseo de vengarse de los malos tratamientos que la cantadora le sugerían muy á menudo, germinó de pronto en su cerebro, con fuerza definitiva.

(( Es necesario delatarles », pensó.

Vistióse rápidamente y voló hacia el saloncillo á la sazón desierto. Por primera vez, Noemí y su compa- ñera bailaban un nuevo arreglo de Rocario, en el cual, vestidas de negro la una y otra de blanco, represen- taban las horas del día y de la noche, simbolizando los instantes alegres ó tristes de la vida en cadencias de cuerpo más ó menos lánguidas, más ó menos rá- pidas, masó menos lascivas. El poema musical estaba dividido en doce estrofas.

Cuando Rosalba se aproximó al telón interior para

MARAVILLAS 137

esperar el final del espectáculo, los címbalos marcaron, con once toques argentinos, el principio de la hora en que los amantes se levantan y se acuestan. Noemí representó el despertar, sacudiendo, al compás de la orquesta, su linda melena de oro, estirando los brazos, meciéndose aún adormecida, en el espacio. Luego vino la alegoría de la misma hora nocturna, el instante en que los amantes se meten en la cama, la dulce obscu- ridad de la noche aconsejadora de ardientes caricias y de besos sin fin. Un estremecimiento voluptuoso sa- cudió el cuerpo esbelto de Luisa, y las lentejuelas tem- blaban en su pecho con cabrilleos de oro. ¡ El amor ! ¡ El sacrificio á Venus !... ¡El triunfo de Eros !... Los brazos de la artista buscaban al esposo ideal, le atraían, le estrechaban, le retenían prisionero en tan dulces cadenas, y no le soltaban sino cuando el sacudimiento del espasmo iba ablandando, poco á poco, en ondula- •ciones de un movimiento lleno de languidez y de lu- juria, los miembros antes tiránicos...

Algo había en la bailarina, al ejecutar tal símbolo, que no era habilidad pura, ni pura ficción, sino ver- dadero sentimiento de la Realidad encarnada en el Arle. Más que la bailarina, era la mujer quien vibraba en el escenario, ante el público.

La conciencia de que todas aquellas caricias iban á un hombre que apenas las merecía y que ni siquiera :sabía apreciarlas, fortificó á Kosalba en su designio. (( Es necesario decírselo todo », pensó. Y algunos mi- nutos más tarde, cuando la pobre artista salió hacia su cuarto, sonriente, triunfante, jadeante, detúvola

138 xMARA VILLAS

por el brazo y la dijo sin preparación ninguna, como quien planta un puñal en el pecho :

Eugenio te engaña.

c( ¿Eugenio?... » Eran tan terribles tales palabras, que ni siquiera la hicieron daño. No las entendió, no supo lo que significaban. Sus labios murmuraron:

Eugenio...

Sí, prosiguió la corista, te engaña con Ofelia.

¡ Hace bien ! exclamó la pobre Luisa, tratando de seguir su camino y no sabiendo lo que decía. ¡ Hace bien !

Y sus manos, que se extendían hacia la izquierda con objeto de rechazar á Rosalba, tuvieron que asirse de una mampara entreabierta para que su cuerpo no se desplomara.

(( ¡ Con Ofelia !... Y ella no lo había notado... Y sin duda hacía ya mucho tiempo... ¡ En verdad, era nece- sario ser una imbécil !... » Con la rapidez del relám- pago pasaron por su recuerdo todas las sonrisas de la cantadora : las sonrisas de sus canciones, las sonrisas á mil hombres dirigidas.... Y todas'le parecieron des- tinadas á su amante... «.( ¡ La engañaban ! »

No, no puede ser... es imposible... dijo después, tratando de creer que una alucinación la atormentaba y que nadie la había dicho una palabra...

La corista la dio el brazo y la condujo hasta la puerta del almacén, donde la aseguró :

En este momento están allí, en la cama dorada del concierto. Entra.

No... no puedo... no quiero...

Entra...

MARAVILLAS 139

En ese momento preciso, Ofelia y Eugenio salían del almacén y se daban el último beso antes de diri- girse, cada uno por su lado, hacia el saloncillo. Un grito doloroso, un grito cruel, un grito que era á la par rugido y lamento, les heló la sangre en las venas.

Luisa estaba allí, delante de ellos, pálida como una aparición, con las pupilas extraviadas y los brazos en cruz.

Hubo un segundo de angustioso silencio, después del cual Ofelia quiso hablar, para disculparse tal vez, tal vez para insultar... Sus palabras se perdieron en la trágica penumbra, mientras Luisa salía huyendo hacia su cuarto con objeto de no oirías.

Algunos minutos después, Rip-Rip vio partir preci- pitadaniente á una sombra envuelta en un manto obs- curo, y reconociendo en ella á Luisa, la siguió.

¿A dónde iba sola y á esa hora? ¿Al boulevard ?... No... Más bien á los mercados, pues en vez de seguir por la derecha, tomaba la calle Montmartre hacia abajo, andando muy de prisa... En los mercados, una farmacia estaba abierta toda la noche... ¿Iría á la far- macia?... ¿Estaría enferma?... Pero entonces ¿por qué no tomaba un coche ?... Sí... indudablemente iba á buscar un remedio cualquiera... ¡Y qué de prisa iba!... ¡ Más de prisa que los carruajes !.. Parecía una loca... ¡ Ah !.. no era á la farmacia, puesto que seguía, seguía, siempre rápida como el viento... y atravesaba la calle San Honoré... y llegaba á la de Rivoli!.. ¿Iría

140 MARAVILLAS

á la Opera Cómica, allí aliado, á buscará una amiga... á pedir billetes para su amante... á hablar al director para ver si querían contratarla?.. No... Más bien al Chatelet, en donde también se necesitan hábiles bai- larinas... Tampoco... Ya había llegado al puente... Y moderaba el paso... y se detenía á contemplar el re- flejo de las linternas encarnadas, cuyas luces tiemblan en el agua del Sena como rubíes... ¿Y luego?... Muy despacio, muy despacio, continuaba hasta el otro borde del río... Era imposible!... ¿La escalera?... Sí, bajaba por la escalera obscura, por la escalera estrecha, por la escalera de los muelles, por la escalera de los suicidas...

Kip-Rip precipitóse en pos de ella y la detuvo junto al parapeto.

¡ Luisa ! díjola con la voz temblequeante de emo- ción : ¡ Mi pobre Luisa, mi amiguita del alma!.. ¿Qué es eso ?

Sufro mucho... Déjame, Rip... No me detengas...

Vamos... No seas niña... Dame el brazo...

Las lágrimas, contenidas durante largo rato, brota- ron entonces de los párpados de la bailarina, que lloró, €ual un niño, dejándose conducir por el clown hacia una cercana estación de coches.

Cuando los sollozos la permitieron articular algunas palabras, dijo, en tono lamentable, con frases sobrias, sin cólera ninguna, su fatal aventura (el dolor no es siempre elocuente):

MARAVILLAS 141

Acabo de sorprender á Eugenio y á Ofelia que me engañaban... en el almacén del concierto... Y como es natural, mi primer impulso fué morir... ahogada en el Sena... una muerte que me refrescase las sienes... Creo que tengo calentura.

Rip-Rip también lloraba ; pero, haciendo un es- fuerzo^ sonreía y hablaba, tratando de calmarla, de consolarla. (( No, no tenía calentura... No sería nada... Sin duda la cosa era desagradable, pero, de ningún modo, valía la pena de morir. Él había sufrido más que ella, y no se había matado ni una sola vez. »

Más que yo no puede ser... Sufro mucho, mucho.

Ya verás cómo nos vengamos de Ofelia.

¿ Para qué ? El daño está hecho. Yo no soy ven- gativa, y lo único que deseo es que nadie sienta nunca lo que yo siento... Porque es terrible, Rip, lo que pa- dezco... ¡ Yo, que no tenía más amor que él... Yo, que soñaba en vivir así toda la vida... Yo, que no vivía sino por él !.. Y de repente todo se acaba, así... en un instante... ¿Para qué seguir viviendo ?...

Para complacerme á mí^ que te quiero como si fueras hija mía...

eres muy bueno... Tengo sed... Hay algo que me quema, como una brasa en el estómago... ¡Y el corazón!... Parece que va á reventar mi corazón... i Cuánto sufro !

Es necesario que tomes algo para dormir... En cuanto llegues á tu casa...

^ ¿A mi casa?... ¡Oh, no!... Eso jamás...

142 MARAVILLAS

Ven á la mía entonces. Yo tengo una antigua criada que te cuidará como á un pájaro enfermo... Yo dormiré lo'mismo en un hotel. ¿Quieres venir?

Eres muy bueno, liip... Lo único que quiero es morirme... no sufrir más...

Ya en casa del clown, después de tomarse, una tras otra, hasta seis copas de Jerez, tuvo miedo á la soledad.

No te marches, le dijo : quédate aquí á mi lado.

Me acostaré en el diván... Tú, métete en la cama y duerme... Lo que necesitas es des'cansar, calmarte los nervios...

(( ¿Descansar?... ¡ Oué locura!.. ¿Acaso podría ella descansar ya nunca en su vida?... Todo había termi- nado... ))

Acostóse. En su cerebro febril, la misma lamenta- ción seguía cantando en triste ritornelo, lento, lento, monótono, sin variación... (( ¡ Qué desgraciada era ! » No pensaba otra cosa. No sentía más que eso : una gran desgracia, la impresión de una caída brusca de muy alto, una inmensa piedad de misma... Sólo de vez en cuando la sombra fatal de Ofelia aparecía, ante ella, desfigurada, riendo á carcajadas cual una ba- cante, y arrastrando detrás de á Eugenio, loco de deseos, loco de amor. Porque Luisa estaba segura de que su amante tenía por la cantadora una pasión fre- nética... De lo contrario no la habría engañado...

¿Verdad, Rip?

Al oir su nombre en medio de la noche, el clown se

MARAVILLAS 143

volvió hacia el lecho y vio á su amiga, incorporada, con ios cabellos despeinados y con los ojos brillantes de fiebre, sosteniéndose penosamente contra las cor- tinas.

¿ Qué ?

Nada... nada... una tontería... Tengo miedo de volverme loca...

Rip soñaba en sus propias penas pasadas, en la aus- tríaca que le había hecho sufrir el tormento del engaño, en su razón perdida durante dos semanas...

La bailarina murmuró :

Tengo sed.

«Después de beber preguntó, tratando de sonreír :

¿Verdad que nunca has sufrido tanto como yo?

Sí, mucho más.

Y sin saber si era para consolarla ó para desahogarse, contóle con todos sus detalles la trágica historia de su matrimonio.

¡ Pobrecito ! murmuró Luisa al final, besándole las manos con gratitud.

III

¡ Es extraordinario ! murmuró el director de Ma- ravillas, cuando Rip-Rip le hubo referido la anécdota pasional de la víspera : ¡ es extraordinario !

Después, como hablando consigo mismo, continuó:

Y lo más triste es que en ese asunto el único que sale perdiendo soy yo... Porque la chica no querrá volver al concierto, como es natural.

De ningún modo, dijo el clown.

Pues peor para mí.

Sentado en su butaca directorial, ante una mesa llena de papeles multicolores, con la pipa entre los labios y el entrecejo fruncido, Rocario trataba de ha- llar un expediente cualquiera para conciliar, al menos por el momento, sus simpatías y sus intereses. « Sin duda, decíase, Ofelia es la que tiene la culpa de todo pero al mismo tiempo Ofelia es el alma de mi negocio. Más de la mitad de mis parroquianos vienen con el exclusivo objeto de oiría cantar. Luisa es una chica lista, con gracia, con arte, buena bailarina y buena

MARAVILLAS 445

mujer. A Luisa, sin embargo, Noemí podrá reempla- zarla, ayudada por Rosalba ó por otra cualquiera... Que no vuelva, aunque tenga razón. Yo lo siento mu- cho... ¡íbamos tan bien!.. Y además no es difícil que, dentro de algunos días, cuando el encono le pase, vuelva, mientras que si dejo que la cantadora se me escape, todos mis rivales se la disputarán... Lo mejor en estos casos es esperar... Lo único que me embaraza es lo que debo decir á Rip-Rip, para que no se inco- mode... ¿Qué decirle? ; Por la Madona! » Al fin se decidió y, adoptando el tono de guasa :

Mira, le dijo, si logras encontrar un medio de conciliación, le enciendo un cirio al santo de tu nombre, que es San Rip, según creo.

Ninguno...

¡ Bribonazo !.. Lo que quieres es que la chica no salga de tu cama... Bueno ; pues guárdala algunos días para dejar lucir la luna de miel, y luego, cuando ama- nezca, tráela de nuevo, que en viniendo contigo siempre será bien recibida... Yayo había notado quete gustaba mucho... Vamos... ¿lo niegas ?... ¿ Y cuánto tiempo vas á tenerla secuestrada?...

El payaso no respondió. Si siempre las bromas re- lativas á su amor por Luisa habíanle parecido de mal iiusto, ese día antojábansele casi macabras y casi ^sacrilegas, como si la bailarina fuese para él un objeto digno de veneración... ¿Quererla? Sí, sin duda la que- ría; queríala con toda su alma; queríala más que nunca había querido á mujer ninguna; pero no cual á las otras, sino con un amor respetuoso, en el cual

lO

146 MARAVILLAS

el misticismo y la piedad entraban en partes iguales para formar un afecto lleno de ingenua ternura. ¡ Que- ríala más que si fuera su hija ó su hermana, más que si fuera su novia, mil veces más que si fuese su mujer !.. Porque la quería sin estar celoso ; sin que nada en sn conducta le pareciese censurable ; no viendo en ella. en suma, sino la belleza sublime del dolor... La quería muchísimo...

Rocario reía, guiñando el ojo y figurándose que, cuando el clown no contestaba, era porque no tenía nada que contestar.

¿Verdad que he dado pie con bola? preguntó al

fin.

No, concluyó Rip, despidiéndose secamente.

Al entrar en su casa, la criada le dijo que Luisa dormía aún.

Eran las cinco de la tarde. La alcoba del clown, su- mida en una obscuridad completa, parecía un horno apagado, en el cual la respiración rítmica de la llama hubiese persistido. Desde la puerta, oíase el ligero re- soplar, monótono y angustioso, de la mujer que dormía.

¡ Pobrecita ! murmui'ó Rip. Dejémosla descansar.

Y con objeto de no interrumpir la quietud de la hora vagando nervioso por las habitaciones, dirigióse hacia el comedor en donde una plataforma artificial, embu- tida en la ventana, formaba un balconcillo propicio á los largos ensueños de las tardes estivales. La calle lucía como un ascua. El disco rojo del sol, en su ocaso^ ocupaba la entrada de la calle, llenando de intensos resplandores de incendio el horizonte y haciendo bri- llar las vidrieras de las casas vecinas con luces de (;r¡s- tal tallado. Todas las superficies lisas adquirían mil facetas ante el monstruoso reÜector de oro y de púr-

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pura. Una brisa ligera, cuyas alas no estaban ya entu- mecidas por los interminables escalofríos de la prima- vera parisiense, una brisa tibia y tenue hacía palpitar, con latidos casi humanos de resurrección y de vida nueva, las banderolas tricolores de los edificios pú- blicos. En el ambiente diáfano, por encima de los techos obscuros, la claridad constelábase de puntos de carmín y de esmeralda, infinitamente pequeños é infinitamente sutiles, que ondulaban, cual miríadas de ideales insectos, en el éter crepuscular.

Rip-Rip sentíase dichoso. Y para gozar de la belleza de la tarde, para bañar en luz su alma lacerada, para empapar de efluvios germinales todo su ser melancó- lico, cerraba los párpados haciendo muecas infantiles y luego los abría más que nunca ante el sol, decidido á mirarle frente á frente, con osadía de águila.

...Sentíase dichoso, sin saber por qué, y al mismo tiempo experimentaba un vago remordimiento, como si su íntima bienaventuranza fuese un insulto al dolor de su amiga.

(( ¡La pobre sufre ! » murmuró tratando de en- ternecerse, de recobrar su gravedad habitual, de no hacer gestos de niño, de no embriagarse en la orgía de luz purpúrea y de aire fresco á que se entregaba. (( ¡ La pobre sufre! » Pero imposible; no podía entristecerse, gozaba ; y para no gozar dirigíase amo- nestaciones mentales, diciéndose : a Hoy como ayer, no eres sino un payaso bastante viejo que no tienes

MARAVÍLLAS 149

motivo ninguno para estar contento de la vida. Antaño, no digo que no hayas sido digno de ser envidiado ; pero desde que dejaste de ser gimnasta para conver- tirte en hazme-reir, todo te ha salido mal. Mira hacia atrás : tu existencia es un tejido de desgracias. Las mujeres te engañaron, y los hombres no te hicieron sino daño... ¡ Eres muy digno de lástima, te digo! »

Á pesar de tales sermones, su alma seguía gozando. El sol inmenso, siempre encarnado, siempre inmóvil, parecía reclinarse sobre el techo de la última casa para no hundirse en el vacío. En el firmamento, las nubes blancas y traslúcidas cabalgaban con rapidez en pos del gran astro, dejando percibir el azul claro del fondo al través de sus diáfanos velos, y formando, al correr, monstruos multiformesy fantásticos, de grandes brazos sinuosos y de cabelleras interminables. Rip-Rip sonreía entre tanta luz.

De pronto una duda vino á preocuparle. (( ¿Estaré alegre, se preguntó, porque la siento á mi lado, porque duerme en mi lecho, porque perfuma mi nido con el aroma de su cuerpo ?... » « Tal vez », respondióse. Pero luego, ahondando, sutilizando, haciéndose creer que su gozo en ese caso sería logrado á cosía del dolor ajeno y que sería un gozo casi sensual, trató de de- cirse que no. « Estoy alegre, se dijo, porque he dor- mido bien, porque he almorzado con apetito, porque he hecho una buena acción ; nada más que por eso. » Sólo que ni había almorzado apenas, ni había dormido

150 MARAVILLAS

más de dos horas. Y en cuanto^á la buena acción... <( ¡ Ten cuidado ! » murmuró en su memoria la voz estridente de Ofelia.

Entonces quiso moverse, y se volvió hacia el come- dor. Luisa estaba alh', en pie junto á la mesa central, contemplándole de lejos con sus grandes ojos hun- <l¡dos.

¿. aquí? exclamó el clown.

Sí. Creo que he dormido mucho.

No mucho. Te acostaste anoche ala una, y ahora deben de ser las cinco y media de la tarde : unas diez y siete horas, nada más...

En realidad, la bailarina no había logrado dormirse sino al medio día.

Rip la preguntó, estrechándola la mano y condu- ciéndola hacia el balcón :

¿Te sientes mejor?

Mucho mejor, sí.

Dijo (( )) por no apenará su amigo, cuya solicitud la confundía; pero, en realidad, sufría de un modo más cruel que la víspera, con más conciencia de su desgracia, ya sin valor para tomar grandes determi- naciones, sin lágrimas que derramar y atormentándose con mentales pesquisas para colegir desde cuándo principiara su amante á engañarla. En el egoísmo de su pena, hubiera querido conocer todos los detalles de la traición. Una curiosidad dolorosa llevábala á excitarse la memoria con objeto de considerar de nuevo

MARAVILLAS 4 5 1

lodos los actos de Eugenio desde el día en que se co- nocieron.

Al fin preguntó :

¿Fuiste hoy al ensayo?

Sí... Es decir, estuve en Maravillas cinco minutos con el director.

¿Y... ? ¿Y los demás?...

En vez de responder, Rip-Rip díjola, señalando el sol cuyo disco rojo principiaba á hundirse tras los te- chos lejanos :

¡ Mira qué lindo !

Luisa se apoyó en la barandilla del balcón y perma- neció silenciosa ante el claro infinito. Otros cielos más clenienies y más bellos, contemplados mucho tiempo antes, surgían del fondo amargo de su memoria. Un pliegue, casi imperceptible, crispaba á cada instante el aico finísimo de sus labios. Su rostro estaba pálido, ya no con la palidez marmórea que todos elogiaran en ella, sino con un matiz enfermizo de marfil antiguo. En sus pupilas apagadas lucía á intervalos, con fuegos misteriosos de zafiro, una chispa de cólera, que iba á ahogarse, apenas encendida, en la humedad de los párpados.

(( ¡ Pobrecita! pensó el clown, viéndola de soslayo: ¡ Pobrecita ! ¡Pobrecita!... »

Vegetando con lamentable inconsciencia de ílor enferma, la bailarina veía transcurrir las mustias horas sin darse cuenta exacta del sitio en que se hallaba. Ningún objeto atraía su atención en el asilo que la amistad la proporcionara. Lo i'inico que, de vez en cuando, durante los penosos insomnios de la noche, captábale la atención^ era una corona de laurel dorado que lucía frente al lecho del payaso sobre el fondo ce- rúleo de la pared. Su vista prendíase á las hojas áureas, mientras su imaginación seguía revoloteando lejos, muy lejos, en torno de la llama devoradora que con- sumía su existencia silenciosa de mártir del amor.

Rip solía decirla :

Es necesario que salgas, que te muevas, que tomes el sol, pues de lo contrario te vas á enmohecer. ¿Quieres que te mande buscar un coche ?¿ Quieres que te lleve al teatro? ¿Quieres ir á comer á un restaurant del boulevard?

No.

MARAVILLAS 15íi

La pobre no quería nada. En medio de su gran des- gracia, sentíase tranquila en ia intimidad del ciown, cuya solicitud mimosa la hacía pensar en su madre.

¡ Su madre ! Varias veces, en los instantes de co- bardía psicológica, cuando el alma busca un refugio lejano, había pensado en ella, implorándola mental- mente como otras imploran á la Virgen. ¿Por qué no iba á buscarla? Por orgullo, porque habiéndola escrito tres cartas llenas de ternura, en sus días de felicidad, y no habiendo recibido respuesta á ninguna de ellas, creía que era inútil, y á más de inútil humillante, im- plorar de nuevo un perdón antes no obtenido.

Resignada á la soledad, ocupaba sus largos días en vagar por las habitaciones, yendo de la alcoba al co- medor y tratando de entretenerse en frivolas labores domésticas. Cuando, por casualidad, tomaba un libro cualquiera y trataba de leer, sorprendíase, al cabo de algunos minutos, con el volumen cerrado entre las crispadas manos y la imaginación fuera del tiempo y del espacio, acariciando á los fantasmas asesinos de su amor.

...y los días pasaban sin que ella saliese del aturdi- miento de su caída sentimental...

Muy á menudo, al despertar, ya muy tarde, después de haber dormido durante algunas horas con sueño nervioso y visionario, sentíase dolorida, como si aca- bara de recibir una paliza.

154 MARAVILLAS

Nada la entretenía: ni el sol que iba á posarse todas las tardes frente á sus balcones, cual una inmensa águila de oro ; ni las plantas con que Rip-Rip adornara la alcoba ; ni las canciones callejeras que, por la ma- ñana, subían desde el patio, en vuelo ligero é ingenuo...

Cuando hablaba consigo misma, no podía menos de decirse:

¡ Sufro mucho, mucho !

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VI

Un día, después de comer, Luisa preguntó á su amigo :

¿Por qué no ha venido Noemí?

No lo sé, repuso el clown, poniéndose pálido.

Y era que, en realidad, Noemí había tratado de ver á su amiga sin que el clown, egoísta cual todos los locos, se lo permitiera. Rosalba también la hubiera visitado con benévola alegría.

; Hace mal! murmuró Luisa. ¡Para lo que yo he de vivir I...

¿ Todavía piensas en morir ?

No, no pienso en nada ; pero siento que algo me lleva hacia otro mundo... ¿Te parezco ridicula?

¡Boba!... Yo te quiero con todo el corazón.

En efecto, la quería con todo el corazón, y aún más que con el corazón. Oueríala de un modo primitivo é inconsciente, de una manera casi incestuosa, dicién-

156 MARAVILLAS

dose á mismo que su alma enamorada era un alma paternal, y tratando luego de rozarse á ella, de respi- rarla como una flor, de ocupar los sitios en donde ella había estado... Queríala con sensualidad secreta y piadosa, con egoísmo instintivo, alegrándose de que Eugenio y Ofelia siguieran durmiendo juntos, deseando que nadie entrara en su casa, rogando á la Providencia que todo siguiera así... ¿CómoV.. No lo sabía... así: en un dudoso idilio de lágrimas, de pereza, de modorra sensitiva, de cobardía psíquica, de cariño filial, de in- genuidad melancólica, de somnolencia consentidora... Así pues...

A veces, cuando ella se levantaba, él iba hasta la cama deshecha, y, sin darse cuenta de lo que hacía^ besaba devotamente las almohadas aún impregnadas por el perfume de su cabellera, murmurando :

¡ Pobrecita!... ¡ Pobrecita !...

Una mañana entró en la alcoba de su amiga más temprano que de costumbre. Luisa acababa de levantarse. En el reducido espacio de la estancia flotaba un aroma embriagador de, carne femenina, de senos jóvenes, de sexo rubio. Con las ventanillas de la nariz, dilatadas, respiró durante algunos minutos en la at- mósfera enloquecedora. Poco á poco, sus pupilas lle- garon á nublarse y sus sienes acabaron por palpitar con latidos febriles : el lecho estaba allí, tibio aún del calor del cuerpo amado, con un hueco esbelto, en el centro, que parecía el molde de las formas de Luisa.

MARAVILLAS 157

Sin darse cuenta de su acto, el clown se desnudó rá- pidamente y se metió en el lecho, en el mismo sitio donde Luisa había reposado... Luego salió huyendo, confuso y medroso, olvidando sus prendas de vestir, y al llegar á la salita donde dormía, empapó en agua fresca una sábana y se envolvió en ella.

\ 1 1

Luisa sufría siempre, sin lograr darse cuenta de la naturaleza verdadera de su dolor. Sufría de un modo nostálgico, recordando con sonrisas de cruel ternura los días de oro de su muerto oaristis. Sufría sin tener el consuelo de odiar á los que la hicieron daño. Sufría humillándose, creyendo que su amor había sido vencido por otro amor, en leal palestra de gracias y de caricias. Sufría como sufren las madres que han perdido á un hijo, y que se creen inútiles en la vida por carecer de lo único que las hacía vivir.

Sólo de vez en cuando, en momentos de nerviosidad exaltada, la imagen de Ofelia aparecía ante ella ; apa- recía desnuda é impúdica, riendo con risa faunesca, con las piernas abiertas y los ojos enrojecidos, casi fea y, sin embargo, atrayente ; odiosa y dominadora, sardónica y lujuriosa, enseñando las encías, levantando los brazos, sacudiendo la áurea melena, simbolizando, en fin, la diabólica belleza de las estatuas venéreas.

MARAVILLAS 159

Aparecía llevando detrás de á Eugenio que se arras- traba, que gemía, que suplicaba...

Y entonces Luisa, siempre buena y siempre amante, elevaba á la ciega Providencia una oración en favor del que tanto daño la hiciera, creyendo que él también era muy desgraciado, y atribuyendo á misteriosa y cruel hechicería el arte seductor de su rival triunfante.

VIII

¿No quieres salir, Luisita?

Una tarde, después de comer, dijo por fin que sí, por condescendencia. Pero, ¿á dónde ir?

Al teatro, propuso Rip.

Más bien al circo, contestó ella.

Y fueron á los Funámbulos, con objeto de ver á las bailarinas cosmopolitas. Al entrar en la sala llena de luz y de ruido, ambos sintiéronse emocionados, como los asesinos que por malsana curiosidad vuelven al sitio en donde han cometido un crimen.

Tengo calentura, m muró Luisa; es mejor que nos volvamos.

No, repuso el clown : ya te calmarás con una copa de champaña.

Los dos parecían tener una sed devoradora. En me- nos de un instante vaciaron la primera botella que un mozo les sirvió en el antepalco.

MARAVILLAS 161

Con los ojos fijos en el escenario, sin dirigirse la palabra, mirándose apenas de vez en cuando con obli- cuas y cavilosas miradas, parecían meditar en algo muy antiguo y muy solemne. La bailarina, sobre todo, mostrábase preocupada y nerviosa, cual si temiera ver surgir de pronto, entre los árboles de cartón de las tablas, á la odiosa Ofelia.

Cada cambio de decoraciones, cada mudanza de música, cada intervalo rápido, producía en el alma de la medrosa espectadora un escalofrío cruelísimo.

¿Qué es lo que viene ahora?... preguntaba sin cesar.

Al fin se tranquilizó viendo en el programa el anun- cio de las danzas cosmopolitas, que remataban el espectáculo.

Toma, decíale Rip á cada instante, llenándole la copa de champaña.

Ella bebía inconscientemente, sin notar los efectos que el pálido vino de Ay iba produciendo en su cerebro debilitado.

La bella Torera apareció agitando las castañuelas clásicas, marchando con petulancia, con algo de ser- pentino en los ademanes y mucho de salvaje en la actitud.

Un rumor admirativo llenó el espacio.

j Es muy linda ! murmuró Luisa.

El clow^n pidió una nueva botella de champaña.

162 MARAVILLAS

En la vasta sala, todo era luz, alegría, ruido, ritmo. La sevillana retorcíase en la escena ejecutando una danza llena de cadencia y de dulzura, muy rápida, muy sensual, muy hierática ; con brusquedades guerreras, y con inclinaciones orientales ; moviendo el vientre, las caderas y el torso ; sacudiendo las enaguas en tor- bellino loco ; arrodillándose, irguiéndose, inclinándose ; siendo, en suma, la vehemencia y la armonía.

Era España.

Luego apareció Hilette, que era París, con su gracia cortesana, con su elegancia altanera, con su atrevi- miento revolucionario, con su ingenuidad canallesca, con su frivolidad sensitiva, con su sinuosidad esbelta. Su cuerpo fino y flexible ondulaba, cual un mimbre de invernadero, de un modo inconscientemente artificial, y en sus pupilas pálidas las chispas no se encendían sino para morir en seguida ahogadas en una lágrima, después de haber brillado con la temblequeante rapi- dez de los relámpagos primaverales. Un aroma em- briagador de polvos de arroz y de lilas nuevas exhalá- base de su cabellera castaña.

Los revisteros, entendidos en clasificaciones de gé- neros, la decían gommeiise. Sin dúdalo era, puesto que llevaba un monóculo, y decía, con impertinencias de chiquilla mal educada, lo que no debe decirse. Era gommeuse, porque no era la ?^om«r2c¿¿re que evoca som- bras desvanecidas al claro de luna, porque no se cubría el rostro con la falda vertiginosa como \sis chahutenses. porque no sabía articular con acento impecable como las diseuses. Era gommeuse, en fin, por la fuerza inelu-

MARAVILLAS 163

dible de la eliminación clasificadora. Mas, en realidad, era un símbolo del alma alada, bohemia, ingenua de todo un pueblo.

Era París.

Se llamaba Colombina. De su abuela Añés había heredado el orgullo, y su madre Casandra la legó la energía. Pierrot la adoraba, porque Pierrot es la hu- manidad. Sus pintores se llaman Villette, Steinlen, Cheret. Su poeta, Banville. Su historiógrafo, Felicien Champsaur.

Algunos la creían muy perversa, y algunos otros muy buena. Todos tenían razón.

Porque era á la vez el pecado y el amor, la piedad y la ironía, el vicio y la inocencia. En ciertas ocasiones la ternura la obligaba á besar la cabeza de un caballo de ómnibus, y, al día siguiente, ninguna fibra de su ser se conmovía cuando Pierrot, loco de deseo, la acariciaba.

Más femenina que sus hermanas del Sur y del Norte, y más artista que todas las demás hijas de Eva, parecía la tentación universal.

Era París.

En seguida vino Niia. ¿Te gusta? preguntó Rip. Luisa no contestó.

Nila era de Ñapóles, y era Ñapóles. No era Italia. Era Ñapóles. Mezettino tañía por la noche, bajo el

164 MARAVILLAS

manto azul constelado de lágrimas de plata, su man- dolina doliente y suplicante. Leandro, en la esquina, la decía su canción apasionada. Ella escuchaba y son- reía sin emoción profunda, sin voluntad verdadera, ignorando si quería á Leandro ó adoraba á Mezettino, y dispuesta á entregarse, encomendándose á la Madona, al primero que se decidiera á requerirla con tiránica energía. Su cuerpo parecía delicado y frágil, pero su alma conservaba el salvajismo primitivo de las razas esclavas. En sus ojos, tallados como diamantes, con pupilas dilatadas y luminosas, no resplandecían sina las mil luces atrayentes y monótonas del cariño y del amor. Su cerebro no necesitaba engolfarse en re- flexiones complicadas, cual el de su hermana Colom- bina. Ni pensaba, ni deseaba, ni se quejaba. Era la resignación y la pasividad.

Al tener apenas cinco años, arrullaba á su muñeca con ternura maternal, porque algo la indicaba ya con- fusamente que había venido al mundo para el deber más que para el placer. La parisiense no hacíalo pro- pio á la misma edad, pues una voz misteriosa decíale que la Naturaleza la había creado para el placer más que para el deber.

Cuando estaba alegre, como entonces, bailaba la tarantela, y era ligera sin malicia, rítmica sin hiera- tismo, esbelta sin coquetería.

En sus movimientos había algo de campesino, algo de pastoral. Las chicas de Tarnagra y de Pompeya deben de haber bailado como ella, en las kermesas de la vendimia, al son de las rústicas flautas paganas.

MARAVILLAS 165

Era la sencillez, la bondad, la alegría. Nada en ella era malsano ni enfermizo, porque la brisa de su golfo natal, que madura prematuramente los frutos dorados de los senos, impregna también el alma de simplicidad marina.

Seguía bailando. La vida es siempre corta, y la suya lo es más que la de ninguna otra. Á los veinticinco años, cuando Colombina esté aún en la plenitud de su encanto sensual, ella será ya la flor marchita del in- vierno. Para ella no hay otoño melancólico, ni lento declive envuelto en luz que aún no se ha ido, y sombras que todavía no han llegado ; mas su breve primavera es un beso sin fin y una tarantela inter- minable.

Al fin surgió Frieda, la vienesa.

Esta que tiene talento, exclamó el clown.

La bailarina parecía no oir. Con la copa en la mano y las pupilas dilatadas, seguía inmóvil en su sitio, re- cordando sus pasadas glorias artísticas y comparando su rítmica agilidad con la agilidad rítmica de las bai- larinas cosmopolitas de los Funámbulos. En su imagi- nación, enardecida por el calor y el vino y exaltada por la atmósfera, sonaba una música ideal á cuyo com- pás todos sus nervios vibraban. El fondo bohemio de su ser despertábase al fin en ella.

Frieda principió á bailar y á cantar. Al verla reco- rrer el escenario con paso medido ; al verla sonreír

166 MARAVILLAS

con encantadora gracia ; al admirar la caprichosa fantasía de su inmenso sombrero púrpura, la elegancia impúdica de su cortísima falda, la redondez de su pan- torrilla carnosa y la delicadeza de sus tobillos ; al re- cibir la limosna de su sonrisa invitadora y de su mirada que acariciaba; al contemplarla por primera vez, en fin, los espectadores tomábanla por una pa- risiense. Era. una Colombina algo gorda y demasiado rubia. Sus medias de seda negra, atadas muy alto por cintas color de carne, parecían del bulevard. La ironía benévola de sus labios hacía pensar en las noches de Montmartre.

Y cuando cantaba, articulando con una precisión matemática palabras duras de una lengua incompren- sible ; cuando cantaba, y bailaba, y se retorcía for- mando raras espirales de danza, al ritmo de una música funambulesca, diríase que era una girl de Londres ejecutando un higland-flig canallesco.

Lo mismo que Brummel, era de Londres y de París y unía el chic al smart.

Por eso era Viena ; Viena la noble, la artista, la en- tusiasta; Viena de los placeres, de las tabernas dora- das, de las carrozas floridas, del amor callejero ; Viena la perezosa, la antigermánica, la alucinante.

Reía, y su risa sonaba con alegría de cascabeles. Reía al cantar, al bailar, al andar. Reía de los demás, y reía de misma. Todo en ella era alegre, fresco, incitante. Sus mejillas provocaban al mordisco, cual los melocotones maduros. Su piel era suave y tibia, como las sedas nuevas.

MARAVILLAS 167

En su calidad de objeto de lujo, no tenía rival. La parisiense es sinuosa, es felina, y dentro de los guantes suele llevar garras de pantera. La española es vio- lenta, y no acepta de buen grado el corral con cerco de oro. La italiana, es monótona. La inglesa, no es bella. Frieda era bella con la belleza mórbida de las queridas del Ticiano, y además picaresca, como Co- lombina, sin tener su alma viciosa. Al verla, los artis- tas sentían no ser millonarios. Les hubiese, en efecto, sido tan agradable vivir acariciados por su sonrisa, verla por los rincones del estudio estirándose, cual una gata rubia, en divanes muy bajos y muy muelles, respirar en la atmósfera saturada por el aroma de su cuerpo desnudo, hacerla bailar danzas secretas en la penumbra de las alcobas, y luego, ya muy tarde, dor- mirse entre sus brazos que parecían los más blandos cojines de Citerea...

Frieda era Yiena, Viena la veneciana, la sonriente, la señorial.

Al levantarse, al íin del espectáculo, Luisa experi- mentó una actividad nunca antes sentida en las piernas. En su cerebro, una legión de diminutas mariposas multicolores aleteaban ligeramente. .- No lo que tengo, murmuró.

Rip la dijo:

^ Es el champaña.

No ; no es eso... No lo que es, pero que no es eso.

168 MARAVILLAS

Entonces es la vida, que vuelve.

Tampoco...

Salieron cogidos por las manos, como dos niños.

La luna les envolvió en su tenue manto, con esa afectuosa complacencia que tiene para acariciar á todos los que sufren y á todos los que aman. Envol- vióles cariñosamente, plateando sus sombras, afinando sus siluetas, y haciendo más vaporosos sus ade- manes.

Al lucir en el espacio, no cual un punto sobre las íes de las torres, sino como un rostro risueño que se asomaba entre las ramas de los árboles callejeros, el astro nocturno tenía algo de clownesco y algo de ve- hemente. Corría hacia el horizonte, iba muy de prisa, escondíase tras las nubes claras, parpadeaba en el in- finito, huía, huía, y en su carrera lo hacía temblar todo con un estremecimiento de ópalo fluido. Las casas temblaban; las calles se retorcían formando blancos canales ; las ventanas parecían entreabrirse para dejar entrar la luz...

En las pupilas de los transeúntes brillaba una llama mortecina.

Todo, en la noche clara, hubiérase dicho que era líquido, pues la diafanidad de la blanca atmósfera dia- fanizaba los objetos obscuros y pesados.

Luisa reía nerviosamente, estrechando la mano de Rip-Rip y sintiendo á cada segundo un escalofrío vo- luptuoso.

Al llegar á la puerta de su casa, el clown quiso su- birla en vilo hasta su tercer piso ; mas ella se resistió,

MARAVILLAS 169

asegurando que tenía más fuerza que todo el universo.

Mira, dijo.

Y corriendo por las escaleras^ saltó de dos en dos los peldaños.

Ya en la alcoba^ sintióse enajenada. Lo que estaba á su alrededor parecíale extraño. La corona de áureo laurel producíale un efecto tan cómico, que se figuraba hecha para el gato.

¿Verdad que es del gato? preguntó.

Sí, del gato.

No; pero, de veras, ¿es del gato? ¿Dónde está el gato?... Eh, psit, psit... Ven acá... perezoso...

Arrodillada junto al lecho, con la guirnalda en la mano, buscaba bajo las sillas al casero animal, con objeto de coronarle.

No quiere dormir conmigo, dijo al fin.

Luego continuó, desnudándose desordenadamente y dejando caer sus prendas de vestir sobre la alfombra :

Yo voy á bailar mejor que todas... Mejor que Noemí... Ya verás... Y también vas á bailar... ¿ ver- dad? Mira mis piernas... La izquierda es la más elás- tica, lamas linda... Yo soy zurda de piernas... Cuando logre quedarme una hora entera sin vacilar, sin tem- blar... ya lo verás, Rip-Rip... Pero también bailarás conmigo... ¿verdad?...

El clown temblaba como un epiléptico, sintiendo que sus sienes se convertían en hormigueros y que sus labios se secaban á medida que la chica iba apa- reciendo ante él en la apoteosis de su divina des- nudez.

i 70 MARAVILLAS

Buenas noches, dijo, tratando de irse. Ella le detuvo.

No, no te vayas... Verás... Voy á bailar... Recoge ese corsé para que no se manche... Vamos á bailar... ¿ verdad?.. Espéi'ate que acabe de arreglarme... Noemí tiene unas camisas muy lindas, llenas de flores... Yo bailo mejor que ella... Mira...

Con los brazos levantados y la cabeza inclinada hacia adelante, principió á bailar, ya desnuda.

¡ Luisa! gimió el clown.

Ella se echó á reir. Todo su cuerpo, formado de lí- neas curvas, de mórbidas redondeces, de blandas on- dulaciones carnales, vibraba al compás de un aire en voz baja tarareado. Sus pechos, firmes y erguidos, oscilaban armoniosamente. En las crispaciones simé- tricas de sus muslos, había una energía febril que, deteniendo de vez en cuando el vaivén del torso, la obligaba á permanecer inmóvil durante algunos segun- dos. Á través de su piel de raso blanco, veíase la agi- tación enfermiza de los tendones... Bailaba...

De pronto, cegado por el deseo, Rip-Rip se precipitó sobre ella.

Al sentirse enlazada por brazos masculinos, Luisa suspiró con voz desfallecida, cerrando los ojos y aban- donándose por completo :

MARAVILLAS 171

Eugenio... Eugenio de mi alma... Mi Eugenio... ¿Verdad que no es cierto ?... ¿ Que no me has enga- ñado?... ¿Que eres mío?...

El clown la tapó brutalmente la boca con sus labios hambrientos de besos.

FIN

Ipdice de jVlaterias

Dedicatoria 5

Primera Parte 7

Segunda Parte 73

Tercera Parte 129

FIN DEL índice

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París. Imprenta de la Vda de Gh. Bouret, '23, me Visconti.

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PQ Goraez Carrillo, Enrique

7^99 Maravillas

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